En Cartagena de Indias, el Festival del Pastel Cartagenero, ese evento donde las papilas gustativas se vuelven locas y las preocupaciones se disipan entre un bocado y otro, se convirtió en un escenario digno de un reality show… y no de los buenos.
El centro del drama: ¡un pastel y 22 mil pesos! Porque, claro, en Cartagena no solo comemos pasteles, también servimos escándalos como parte del menú. Todo comenzó en medio del bullicio festivalero cuando una vendedora, armada con una indignación tremenda, se acercó al concejal Wilson Toncel a reclamarle por el pago de un pastel adicional que, según él, “no se había comido”.

La versión de la vendedora: ¡una humillación pública de manual! Toncel no solo le negó el pago, sino que, para rematar, le lanzó un billete de 50 mil pesos a la cara. Así, con toda la elegancia de un político con déficit de estilo, el concejal se deshizo del billete como si fuera una carta ganadora en un juego de cartas… ¡Pero la jugada no quedó ahí!
¿Y la versión de Toncel? Pues, como buen protagonista de telenovela, asegura que todo fue un «escándalo armado» por la vendedora y otras dos personas. Es decir, según él, las señoras no eran más que expertas en el arte de generar caos, como si la ciudad fuera un set de filmación de comedia de enredos. Y, por si fuera poco, el concejal afirma que ya pagó el pastel con 50 mil pesos, pero la vendedora “descaradamente” le dijo que eran dos pasteles. ¿De verdad, señora? ¿Dos? La contabilidad parece ser el plato fuerte de este festival.
Pero como en toda buena historia, la parte más jugosa llegó cuando Toncel lanzó una acusación digna de película de suspenso: «Así es como algunos operadores turísticos tratan a los turistas». O sea, en lugar de ser el paraíso de la gastronomía, Cartagena parece ser un parque temático de estafas culinarias. ¡Bienvenidos al Festival del Pastel Cartagenero, donde los turistas no solo se llevan un recuerdo, sino también una lección de vida en economía!
Y claro, como todo buen drama, Toncel no se quedó callado. Llamó al administrador del festival y, para hacer todo más épico, decidió poner la queja ante la directora del Instituto de Patrimonio y Cultura, Lucy Espinosa. Porque, claro, la reputación de Cartagena no tiene precio… ¡pero el pastel, sí!
En resumen, lo que prometía ser una celebración gastronómica se transformó en una clase magistral de cómo no tratar a tus clientes (ni a tus políticos). ¡Así que, Cartagena, mientras unos disfrutan de los pasteles, otros degustan el drama! ¡Feliz Navidad.



