El sicariato en Cartagena ha vuelto a golpear con fuerza, sembrando miedo y luto en los barrios Olaya Herrera y Chapacuá. La noche del viernes 7 de febrero se tiñó de sangre con el asesinato de dos moradores en una tienda del sector Stella. Las víctimas, identificadas como Carlos Alonso Alcázar Turizo y Luis Alfonso Martínez Salcedo, fueron atacadas mientras compartían con un tercer hombre, quien resultó herido y se encuentra bajo pronóstico reservado. La frialdad con la que el sicario ejecutó su acción, registrada en cámaras de seguridad, refuerza la sensación de impunidad y desprotección en la comunidad.
Luis Alfonso Martínez Salcedo, conocido como ‘Lucho Raspy’, trabajaba como vigilante privado en una empresa portuaria y era una figura reconocida en la cultura picotera del barrio. Por su parte, Carlos Alonso Alcázar Turizo, conocido como ‘Carlos, el mecánico’, se dedicaba a la mecánica automotriz desde su adolescencia, ganándose el respeto en Chapacuá y sus alrededores. Estos detalles evidencian un patrón común: las víctimas del sicariato muchas veces son ciudadanos trabajadores, sin antecedentes judiciales, lo que refuerza la incertidumbre sobre las razones detrás de estos ataques.
Este ataque no es un hecho aislado. El mismo día ocurrieron otros asesinatos, como el del subintendente de Policía Francisco Javier Bertel y el de Carlos Guerrero en Barú. Además, en el barrio El Reposo, un joven de 19 años y su madre resultaron heridos en otro atentado sicarial. Estos episodios refuerzan una preocupante tendencia de violencia sistemática que demanda una respuesta efectiva y urgente.
Los recientes asesinatos en Olaya Herrera no solo reflejan una crisis de seguridad, sino también una falla estructural en la capacidad de las autoridades para contener la criminalidad. La llegada de refuerzos policiales es una medida reactiva, pero no soluciona las causas profundas del sicariato, como la falta de oportunidades, la presencia de estructuras criminales y la ausencia de un plan integral de seguridad. Mientras tanto, los ciudadanos continúan viviendo con miedo, esperando que la justicia no se quede solo en promesas.



