Corría el año 2003 cuando decidí aspirar a la gobernación de Sucre. «Por fin alguien nuevo» fue el eslogan de mi entusiasta campaña, que no fue la única.
Ilusionado con la prosperidad de la vida, recorrí el departamento de Sucre. Si bien anduve por todo el territorio, La Mojana y El San Jorge, San Marcos, Majagual, San Benito y Sucre-Sucre, fueron los principales epicentros de mi campaña nacida muerta, porque en la única mente que cabía una certera posibilidad de gobernación era en la mía y en un escaso grupo de jóvenes soñadores como yo. Ese fue el primer paso para abrir camino a que una generación venidera se atreviera a lo que nunca se habían atrevido, porque todo era a dedo.
Para llegar a Guaranda desde Sincelejo eran más de ocho horas de viaje, en el peor de los caminos, que siempre soñé convertir en doble calzada, mirando más allá de la punta de la nariz. Se nos acercaba mucha gente, pero al vernos sin dinero ni para la gasolina, se iban como espantadas moscas. Se ilusionaban con mi presencia; hasta allí nada más. A punta de saliva, nunca alcanzó.
Luché y luché. Hice el calderazo por el agua de Sincelejo, que aún hoy no tiene. Protesté por los secuestrados. Me acerqué a los jóvenes de la Universidad de Sucre apoyándolos en la preservación de sus derechos. El hospital regional de Sincelejo, en esa época, fue igualmente beneficiario de mi solitaria lucha; siempre bregué por su dotación, así como por el respeto a los trabajadores. Mi presencia para mejorar los barrios de invasión de Sincelejo fue una constante construcción de tejido social. El horrible reloj que colocaron en el parque Santander logramos que lo quitaran con el monazo.
Les guste o no a unos, hice camino en muchos frentes, incluida la seguridad. Sincelejo conoció televisivamente La Mojana como nunca, por mí. En cada vereda de La Mojana, desde un principio, sembré la esperanza de la educación. Los jóvenes me esperaban a cualquier hora en la carretera, más de una vez en la madrugada o altas horas de la noche cuando pasaba, para exponerme sus inquietudes. «Queremos quedarnos en el campo», me decían.
Incentivaba el deporte con las nulas herramientas que tenía. Compartía con las comunidades en un verdadero sentimiento de compromiso y solidaridad, que no alcanzó para nada.
Fueron muchos los votos que obtuve, entre diez mil y treinta y cinco mil. La clase política de Sucre y sus lacayos sometidos a la esclavitud de los jefes jamás me perdonaron no pedir permiso, atreverme y colocarme del lado de la gente. ¡Jamás! Igual tienen un ejército de seguidores que nunca pude vencer. Más bien, me vencieron, porque mirar más allá del muro y no participar de la política minucia de pueblito arrodillado es visto como extravagancia y castigado. De hecho, me castigaron hasta la saciedad, pero más bien castigaron a Sucre, porque, sin asomo de grandeza, una gobernación en mis manos hubiera hecho de Sucre un departamento de gran proyección.
Un Sucre grande que nunca entendieron por cobardes y miserables. Son dueños de su propia miseria. Si bien muchos creen en mí, la gran mayoría no se atrevió a darme la oportunidad. Precisamente por la escasez de sus neuronas, donde pensar en grande simplemente no es posibilidad para ellos. El poder en Sucre es sinónimo de «aparición de la Virgen» para todo, menos para lo que es.
En la inversión de valores política que aplaude Sucre, muchos son cascajos de la vergüenza, pero en Sucre los reconocen como héroes. He pasado de todo. Sí, me arrepiento de haber dedicado tanto tiempo infructuoso a la política, tratando de hacer un Sucre glorioso. Solo me sirvió para encanecer mi cabello, frustrar mi alma y no lograr nada. No logré nada, porque no supe acomodarme a la miserabilidad del pensamiento de los «grandes de Sucre». Mi ímpetu les aterra y no tuve la capacidad de agacharme, por lo que el atropello fue mi paga.
Ayudé, y mucho. Sin herramientas. Más de uno hoy es grande o tiene un mejor futuro gracias a esa mano que desinteresadamente les brindé. Entre ellos hay profesionales que jamás lo hubieran sido si no aparezco en sus caminos. Otros, empresarios exitosos, igual gracias a esa primera puerta que les abrí sin pensar más allá que en servir. De casi todos esos beneficiarios he recibido la ingratitud y no falta hasta el desprecio. De pronto, Dios me agradecerá. Igual, siempre he sido y seguiré siendo Gustavo Montes, con cualidades y defectos.
Perdí, sí, con la frente en alto, reconozco que perdí, pero más perdió Sucre, que seguramente no lo reconocerá en ningún tiempo. Todos están ensimismados en la política diminuta y pueril, y pierden las oportunidades de sus vidas al no pensar en grande. Incluso alguno que haya escalado donde no tenía la más mínima posibilidad, pero, una vez ha matado el tigre, huye del cuero, porque la zona de confort extasía. Terminará perdiendo su grandeza al no entender que si no se va más allá de la sobandija, está tristemente destinado a ser un fusible de la sociedad.
En mi caso, todas mis ilusiones y fuerzas por el Sucre por el que luché en todos y cada uno de los frentes se quedaron en eso: ilusiones. No aspiraré a nada más. Políticamente hablando, Gustavo Montes cambió el sueño del gran Sucre por un «No se pudo». De esta derrota, no soy el único perdedor. Que perdió Sucre, perdió.




