Gustavo Petro, actual presidente de Colombia, ha intentado en múltiples ocasiones presentarse como una figura central en la historia del M-19, especialmente en relación con Carlos Pizarro, líder emblemático de la desmovilizada guerrilla. Sin embargo, testimonios de antiguos miembros del M-19, como Carlos Alonso Lucio, contradicen estas afirmaciones, señalando que Petro no tuvo una relación cercana con Pizarro y que su papel dentro del movimiento fue más periférico de lo que él sugiere.
Las afirmaciones de Petro sobre su relación con Pizarro son falsas. Al menos, lo que menciona en su autobiografía y ha repetido en diversas entrevistas. Petro ha insinuado una cercanía con Carlos Pizarro, sugiriendo que tuvo influencia en decisiones cruciales del líder guerrillero, como la firma de la paz y la transición a la vida política. Estas declaraciones buscan posicionarlo como un actor principal en la transformación del M-19 hacia la legalidad y la participación democrática.
La realidad documentada de la militancia de Petro en el M-19 no es algo que nos deba importar demasiado, ni que nos desvelemos por encontrar la «verdad histórica». Lo cierto es que estuvo en un grupo terrorista que causó un gran daño a Colombia, y de eso no hay la menor duda. Gustavo Petro se unió al M-19 a los 17 años, adoptando el alias «Aureliano», supuestamente en honor al personaje de Gabriel García Márquez. Sin embargo, esta comparación parece absurda, pues el protagonista de la obra «Cien años de soledad» es un personaje de ficción, un hombre marcado por el destino trágico, lo que resulta en un contraste irónico con la realidad de Petro. Durante su militancia, se destacó más por actividades políticas y organizativas que por acciones militares directas. Por ejemplo, lideró la ocupación de terrenos para alojar a familias desplazadas y contribuyó a la construcción del barrio Bolívar 83 en Zipaquirá. En 1985, fue capturado por el Ejército Nacional por porte ilegal de armas y condenado por conspiración, permaneciendo en prisión hasta 1987. Tras su liberación, participó en el proceso de paz entre el M-19 y el gobierno de Virgilio Barco, que culminó con la desmovilización del grupo y su transición a la vida política legal.
- De Aureliano a Mentiriano
La manipulación de la historia como estrategia política. La tendencia de Petro a exagerar o distorsionar su papel en el M-19 podría interpretarse como una estrategia para fortalecer su imagen política y conectar con sectores que valoran la lucha revolucionaria y la búsqueda de la paz. Sin embargo, esta manipulación de la historia puede tener consecuencias negativas, como la polarización de la sociedad (lo que hemos visto durante todo el tiempo de su mandato) y la deslegitimación de los procesos de reconciliación. Al presentarse como el artífice de logros colectivos, Petro no solo se atribuye méritos que no le corresponden, sino que también invisibiliza el esfuerzo de otros actores que contribuyeron a la paz y la democracia en Colombia.
Pizarro, Navarro Wolf, Lucio, Patiño: todos los que militaron en el M-19 fueron delincuentes confesos a quienes el país, a través de débiles gobernantes, perdonó sus delitos. Quizás fue de buena fe, o en una confabulación desleal con el pueblo que los eligió. Algunos corrieron mejor suerte que otros; Pizarro fue asesinado, mientras que los demás han sido alcaldes, senadores y el hoy presidente de la República, quien, a vox populi, no escatima en elogios al recordar a ese grupo terrorista que tanto daño hizo al país (la toma de la embajada de la República Dominicana, la toma del Palacio de Justicia, entre otras). Aquí cabe el adagio: “Quien no conoce la historia, está condenado a repetirla”. Los jóvenes de entre 15 y 30 años, me atrevería a decir, no vivieron ni conocieron las atrocidades que cometió el M-19 contra ciudadanos nacionales y extranjeros. Si aquellos mismos que Gustavo Petro engañó con sus discursos grandilocuentes de contenido extraño – por no decir algo “intergaláctico” o sacado del “algoritmo de su pensamiento” – hoy muchos están arrepentidos de haberlo apoyado. Pero ya es tarde, la historia los señalará como aquellos que quisieron un cambio y lo recibieron, pero en reversa.
- “Entre las nebulosas, las estrellas y el algoritmo del pensamiento humano “
Lo que podemos deducir de este comportamiento del mandatario, de querer a toda costa convertirse en una figura de recordación en el país, es que quizás no ha sido lo mejor, aunque en parte lo está logrando. Logró ser el primer presidente de izquierda (declarado, pues ya habían pasado otros que hasta ahora salieron del closet político) elegido por voto popular. Pero también quedará como aquel que llegó al poder con fraude y engaño (en proceso de investigación por el CNE). Aquel que prometió un cambio que no fue, el que apostó por la paz, pero con ingenuidad, egos, terquedad y hasta con estupidez. Aquel que nombró en cargos importantes del país a los mismos políticos tradicionales a los que tanto criticó cuando fue oposición. El que está vinculado a escándalos de corrupción desde su llegada al poder (Nicolásito, Daisury, Olmedo y Sneyder en la UNGRD y los carrotanques para la Guajira, entre otros). El defensor acérrimo de Benedetti y Laura Sarabia, enlodados en escándalos y rechazados por su misma colectividad. El que tiene una relación confesa con “Papa Pitufo”, el que permitió que, en menos de la mitad de su mandato, crecieran desmesuradamente los cultivos ilícitos, la atomización de los grupos narcosubversivos en el país bajo la sombra de su nefasta política de paz, que pasó de ser “Paz Total” a “Paz Cocal”. El que falló a los jóvenes beneficiarios del ICETEX, pero sí cumplió a los delincuentes, a quienes les ofreció y entregó dinero por no delinquir, a quienes liberó de las cárceles dándoles el estatus de “gestores de paz” y a quienes les levantó órdenes de captura, las cuales usaron como una “patente de corso” para seguir delinquiendo. En fin, si me pongo a relacionar todo, me harán falta páginas. Por todo eso y lo que falta hasta el 7 de agosto del 2026 (Dios permita que no pase un día más), jamás se olvidará.
Lo cierto es que la construcción de una narrativa personal que no se ajusta a la realidad histórica es una forma de engaño que puede erosionar la confianza en las instituciones y en los líderes políticos. Y en esto, Gustavo Petro no se ha medido. Es fundamental que la memoria histórica se base en hechos verificables y que se reconozca el papel de todos los actores involucrados en los procesos de cambio social y político. Solo así se podrá avanzar hacia una sociedad más justa, informada y reconciliada con su pasado. Inexorablemente, por todo esto, me cuesta dejar de decir que Petro es un mitómano.



