Hace 29 años, jueves 12 de marzo de 1996, aproximadamente a las 18:45, comenzó una horrible noche de dolor y sangre en el corazón de los Montes de María, en Sucre. Más de 100 guerrilleros pertenecientes al 35 Frente de la FARC dejaron una terrible huella indeleble en el municipio de Chalán, cometiendo uno de los peores actos violentos en toda la historia del conflicto colombiano. LA PERFIDIA, considerado un crimen de guerra, se define como el engaño planeado para obtener ventajas sobre el enemigo en un conflicto armado, lo que constituye una grave infracción al Derecho Internacional Humanitario (DIH).
Este acto se configuró por la planeación del engaño, utilizando a un menor de edad, también integrante del grupo subversivo, y a un burro como elemento de guerra para transportar los 70 kg de explosivos, sin despertar sospechas entre los integrantes de la policía acantonados en ese municipio.
Lo que agrava aún más este crimen de guerra es que, después de la explosión y ante la acción defensiva de la fuerza policial, que ya había perdido a siete de sus hombres en el estallido, los sobrevivientes al ataque buscaron refugio en el cementerio local. Allí, cuatro de ellos se defendieron hasta donde pudieron, pero al quedarse sin municiones, se vieron obligados a rendirse. Luego, fueron asesinados con tiros de gracia, sin piedad, en un estado de total indefensión por la horda terrorista que los atacó. Además de la estación de policía, destruyeron el puesto de salud, la Iglesia y varias casas vecinas.
La sorpresa táctica del enemigo al detonar de manera remota los explosivos hábilmente colocados en el burro logró su propósito: los policías fueron ejecutados, violando todas las normas del DIH. Además, dos de los cuerpos inermes fueron incinerados en la estación.

Tras este hecho, se pudo establecer que, en los días previos al ataque, los integrantes del Frente 35 grabaron y realizaron croquis de la estación y edificaciones aledañas. También envenenaron a cinco perros que custodiaban las instalaciones, además de otros que aparecieron envenenados en el arroyo situado detrás de la estación, colindante con los cerros. Esto presumiblemente lo hicieron para evitar ser descubiertos por los ladridos y para alertar de la presencia de extraños, lo que demuestra que todo fue un acto fríamente calculado.
Años antes, Chalán ya había sufrido varios intentos de toma. El 5 de junio de 1990, el 3 de diciembre de 1995, y entre enero y marzo de ese mismo año, hubo días en los que aparecieron panfletos amenazantes por parte de la guerrilla, que eran encontrados entre el depósito de abarrotes donde la policía se surtía, hasta el cementerio del pueblo, que colindaba con la estación.
Las situaciones anteriores nos permiten inferir que las FARC, al mando de Osmani Landero Fajardo, alias «Hernando González», comandante del Frente 35 en ese entonces (aunque el alcalde de la época, Álvaro Martínez Buelvas, manifestó que, pese a no existir amenazas formales, se rumoraba sobre una posible toma guerrillera), estaban planeando algo en contra de los policías. Esto se confirmó hasta esa fatídica noche, cuando finalmente materializaron sus intenciones.

Las víctimas
El comandante de la estación, SI. Fernando Luis Carrascal Mendoza, y 10 agentes encabezados por José Rufino Alvarado Guillén, José Ramírez Montes, Jeison Marriaga, José Deider Díaz Paternina, John Fernández Ospina, Johnny Alexander Julio Buelvas, Arístides Barrios Álvarez, Jesús Restrepo Mendoza, Samuel Díaz Julio y Heberto Fernández Rodríguez (Q.E.P.D.). Paz en sus tumbas. Los agentes (v) Javier Antonio Rocha Monroy y Francisned Quintero González, quienes por gracia de Dios fueron los únicos sobrevivientes de esa masacre.
El primero era el ecónomo de la estación y había salido del pueblo con autorización del mando superior para cumplir una cita médica en Sincelejo. El segundo estaba asignado como escolta del alcalde y tampoco se encontraba en la estación ese día, ya que el mandatario despachaba desde Sincelejo. Fueron los únicos sobrevivientes de esa tragedia.
Desde ese momento, Chalán solo fue referido por el «burro bomba». Ese episodio dio paso a una época sangrienta en esa región del departamento. Recordamos con tristeza la pérdida de seres humanos que solo cumplían su mandato constitucional, el juramento a la patria, y que literalmente “murieron por defender a los ciudadanos de Chalán”.
Once vidas cegadas injusta y cruelmente por colombianos apátridas y equivocados con una ideología maldita. Dieciocho días después, el terror regresó, esta vez de la mano de las autodefensas, quienes cobraron la vida de otras personas a quienes responsabilizaron por lo ocurrido. Más sangre, más dolor, más tragedia.
Después del ataque del 12 de marzo, el municipio de Chalán permaneció siete años sin presencia policial. Solo fue hasta diciembre de 2002, durante la presidencia de Álvaro Uribe Vélez, cuando la policía regresó con 55 unidades para retomar presencia en la población.

Han transcurrido 29 años y cuatro meses desde esa trágica noche que enlutó no solo a la familia policial, sino a todo un departamento y al país entero. A la fecha, y aunque parcialmente superado el hecho (porque olvidarlo nunca), el municipio ha mostrado la verdadera calidad humana y la pujanza de su gente, así como la belleza de sus paisajes. A los familiares de las víctimas, mis respetos y absoluta consideración. Nuestros policías asesinados nunca serán olvidados.
Esta columna honra la memoria de los once héroes de Chalán y a sus familiares. Agradecimientos especiales a la señora Alcira Lucía Ruiz Ricardo, viuda del SI. Carrascal, quien fue el comandante de la estación de policía de Chalán, una mujer valiente que desde ese momento ha liderado al grupo de damas viudas y familiares de las víctimas del conflicto con arraigo en el departamento de Sucre, en la ardua lucha por el reconocimiento de los derechos que les asisten como víctimas tras el cruel asesinato de sus seres queridos. También al señor Ag. (v) Javier Antonio Rocha Monroy, uno de los sobrevivientes, a quien tuve el honor de reunir para recordar ese trágico día. Honro con esta columna la memoria de los once héroes de Chalán y a sus familias.

Las fotografías que son testimonio de la masacre del “Burro bomba de Chalán”, como se le conoció al hecho, son escasas. En ese tiempo no existía la tecnología de hoy, pero algunas muestran las desgarradoras escenas.
Al llegar los refuerzos a la mañana siguiente, fue imposible no llorar ante el espeluznante espectáculo. El comandante de la estación y otro agente habían sido completamente incinerados. Uno de los uniformados quedó en el dormitorio, donde fue rociado con gasolina e incinerado.
Lo que fue la estación de policía, el sitio de la masacre, hoy y luego de 34 años, es un lugar donde se garantiza la primera formación académica a los niños en condición vulnerable de la población.






