Señoras y señores, agárrense de sus asientos porque lo que se viene no es para oídos sensibles. Resulta que el ex canciller Álvaro Leyva, hasta hace poco un escudero fiel del Presidente, ahora parece haberse caído del guayabo político y ha decidido cantarle la tabla al Gobierno. Y ojo, no lo dice cualquier opositor, lo dice alguien que estuvo en la cocina del poder, amasando la masa de este pan que, por lo visto, salió crudo.
Leyva, con su tono siempre solemne, desempolvó las palabras de Álvaro Gómez Hurtado para advertirnos del descalabro en el que estamos metidos. Y la joya de la corona fue su demoledora insinuación sobre los efectos de ciertos estimulantes en “la persona que lidera la cima del Estado” y en “algún estrechísimo colaborador suyo”. ¿A quién se refiere? Hagan sus apuestas, porque esto no es un chisme de cafetería, sino la voz de un hombre que ha estado en el santuario del poder.
Ahora bien, si antes lo veíamos como un fiel sacerdote de la iglesia petrista, ahora parece el hereje mayor. Leyva asegura que nunca ha cambiado, que siempre ha sido el mismo. Y si eso es cierto, entonces la pregunta es: ¿por qué hasta ahora alza la voz? ¿Por qué, después de haber sido parte de esta ópera trágica, decide denunciar el desafine?
Pero dejemos el pasado y hablemos del presente, porque lo que dice Leyva no es cualquier cosa. Plantea una duda legítima sobre la lucidez de quien nos gobierna. Y no es un tema menor, porque si en la cúspide del poder se mezclan café, la maracachafa y el chirrinche, entonces la resaca la pagamos todos. ¿Cuántas decisiones han sido tomadas en medio de esa nebulosa? ¿Cuántos errores de cálculo tienen su origen en esa alegada niebla etílica y psicotrópica?
Lo cierto es que el barco hace aguas y hasta los más leales comienzan a saltar por la borda. Leyva no es el primero ni será el último. El ocaso de este Gobierno no es una posibilidad remota, es una realidad que se va escribiendo día a día con cada traición, con cada ex aliado que ahora se convierte en crítico feroz.
Así que, Mis estimados lectores, prepárense para lo que viene. Porque si el ex canciller soltó semejante bombazo, no falta mucho para que otros empiecen a hacer lo mismo. Y cuando la tripulación abandona el barco, ya sabemos lo que eso significa. Del mensaje de Leyva, el que entendió entendió. Que Dios nos agarre confesados.



