El aroma a panela, coco, anís y frutas tropicales ha inundado las plazas de Cartagena de Indias durante esta Semana Santa. Pero más allá de los sabores y colores que atraen a locales y turistas, el Festival del Dulce Cartagenero y la Comida Típica se ha consolidado como un espacio de resistencia cultural, empoderamiento femenino y reivindicación étnica, donde las raíces afro e indígenas se sienten y se saborean.
Organizado por el Instituto de Patrimonio y Cultura de Cartagena, el evento celebra su decimoquinta edición con un enfoque profundamente humano: dar visibilidad a las mujeres y comunidades étnicas que han sido portadoras de los saberes gastronómicos que definen el alma de la ciudad.
De los 310 participantes —entre cocineros tradicionales, auxiliares y artistas—, el 82% son mujeres, y de ellas, 242 cabeza de hogar. Estas cifras no solo ilustran la centralidad del rol femenino en la cocina tradicional cartagenera, sino que revelan una apuesta institucional por el empoderamiento económico y la equidad de género.

Las mujeres del programa ‘Impulso Violeta’, liderado por la gestora social Liliana Majana, están a cargo de la venta de bebidas tradicionales. Son mujeres jóvenes, madres cabeza de hogar y mujeres con discapacidad, cuya presencia en el festival representa una nueva narrativa de inclusión y oportunidades.
“Más de 450 familias se benefician de este evento que resalta a nuestros portadores y portadoras de la tradición. En esta Semana Santa, Cartagena brilla más que nunca con su gastronomía ancestral”, afirmó Karolyn Saldarriaga, vocera del IPCC.
Las cifras también hablan de diversidad étnica viva: 85 participantes se identifican como afrodescendientes, 80 como palenqueros, 76 como negros, 35 como raizales y 10 como indígenas. Estas comunidades no solo traen sus dulces, sino también sus historias, lenguas, cantos y memorias.
En la Plaza de Los Coches, el ‘Pabellón Palenque’ se ha convertido en un símbolo de reconocimiento cultural. Allí, por primera vez, las mujeres palenqueras cuentan con una representación sin precedentes en un evento de ciudad.

“La inclusión de las comunidades étnicas en el evento cumple con la dignificación de derechos de estos grupos, de reconocer los saberes ancestrales como algo que las comunidades han venido salvaguardando”, señaló María del Carmen Torres Pérez, asesora para Asuntos de Comunidades Étnicas.
El festival no solo resalta los saberes tradicionales, sino que también fortalece las capacidades de los participantes. Este festival, más que una vitrina gastronómica, se consolida como un espacio de justicia cultural, donde la dulzura del coco y el anís se mezcla con el orgullo de ser mujer, negra, palenquera, raizal o indígena. Una Cartagena que, desde sus plazas, reafirma que la cultura no solo se celebra: también se defiende.



