Cuando el sol se despidió sobre el río Magdalena y los faroles comenzaron a encender la nostalgia en cada esquina, Mompox se transformó. Como si un susurro antiguo saliera de sus paredes coloniales, la ciudad entera pareció volver al siglo XVII. Las campanas de las Iglesias marcaron las seis en punto y con ellas se abrió el portal del tiempo: comenzaba la procesión del Jueves Santo.
Vestido con una túnica morada y la humildad de quien carga más que un paso, el gobernador de Bolívar, Yamil Arana Padauí, caminó entre los nazarenos. No era el mandatario, ni el político, ni el hombre público. Era uno más entre los hombres que, con los ojos puestos en el cielo, recorrían las catorce estaciones del Viacrucis, cargando en los hombros la escena de La Flagelación.
No era el peso de la estructura lo que se sentía. Era el eco de siglos de devoción, de abuelas que aún rezan en patios floridos, de niños que observan en silencio, de cofradías que heredaron el arte de vestir la fe en flores y cera derretida.
“Es como si Dios bajara por estas calles”, susurró una mujer mayor, desde su balcón adornado con un paño blanco y una vela. A su lado, un niño la miraba con los ojos abiertos como vitrales, sin entender del todo lo sagrado, pero sabiendo que algo importante pasaba.
Los nazarenos avanzaban con esa cadencia misteriosa en cada paso. En cada movimiento, parecía que el tiempo respiraba. Las marchas fúnebres —de un dramatismo casi celestial— envolvían el aire con un silencio profundo que lo decía todo sin decir palabra. El polvo de las calles empedradas se alzaba levemente, como si los fantasmas de los antiguos cargueros también quisieran acompañar la procesión.
Mompox no es solo un lugar. Es un estado del alma. Y en Semana Santa, esa alma se viste de incienso, de luto ceremonial, de rezos susurrados y lágrimas sin ruido. Es una ciudad que no necesita teatro, porque ella misma es una escena viva. Y esa noche, bajo el cielo estrellado, el gobernador fue testigo y partícipe de esa representación ancestral.
“Sentí algo que no puedo explicar. Es como si el corazón se te pusiera más lento para escuchar mejor la voz de Dios”, diría luego, con la voz todavía impregnada de solemnidad.
A medida que la noche avanzaba y las antorchas lanzaban sombras largas sobre las fachadas encaladas, las calles de Mompox se convirtieron en un escenario sagrado. Cada estación del Viacrucis cobraba vida con una solemnidad que helaba el pecho. La Última Cena, la Oración en el Huerto, La Flagelación, la Coronación de Espinas y la Crucifixión no eran solo escenas estáticas: eran fragmentos del alma de un pueblo que ha hecho del arte religioso su legado más íntimo. Los pasos —grandes estructuras adornadas con flores frescas, terciopelos morados y cirios encendidos— parecían respirar mientras eran llevados en hombros por los cargueros.
Detrás de cada imagen estaba el trabajo silencioso y minucioso de las cofradías locales, que durante semanas tejen con devoción los detalles de cada representación. No se trata solo de estética, sino de un acto de fe, una conversación íntima con Dios hecha madera, cera y fragancia. Porque en Mompox, donde las campanas también parecen rezar, la tradición no es un recuerdo: es una forma viva de habitar el presente, una manifestación colectiva de un pueblo que honra con orgullo un ritual que ya es patrimonio de todos.
La procesión terminó en la Basílica del Santísimo Cristo Milagroso, pero en realidad no terminó. Porque en Mompox, la Semana Santa no acaba cuando se apagan las velas. Se queda flotando en el aire como el aroma del corozo maduro, como la memoria de los santos tallados en madera, como la esperanza que se posa sobre cada alma que camina por sus callejones iluminados por la fe.
Y mientras los pasos se deshacían en la noche, Mompox volvía poco a poco al presente, pero con la certeza de que allí —en cada piedra, en cada rezo, en cada hombro que cargó un paso— había algo eterno. Algo que no cambia. Algo sagrado.



