La Plaza de San Pedro, normalmente vibrante por la presencia de fieles y turistas, se sumió este lunes en un silencio sobrecogedor. La noticia de la muerte del papa Francisco, anunciada a las 7:35 horas locales (5:35 GMT) por el camarlengo, el cardenal Kevin Joseph Farrell, estremeció no solo a quienes estaban en el Vaticano, sino a millones en todo el mundo.
El pontífice argentino falleció en la Casa Santa Marta, su residencia dentro del Vaticano, tras más de dos meses de complicaciones respiratorias que lo mantuvieron hospitalizado en Roma durante 38 días. Su deceso se produce tan solo un día después de Pascua y en plena celebración del Jubileo, un año de especial peregrinación y oración para los católicos, lo que ha intensificado el impacto emocional de su partida.
Desde su elección en 2013, Jorge Mario Bergoglio —el primer papa latinoamericano— se ganó el respeto de creyentes y no creyentes por su enfoque pastoral centrado en la misericordia, el cuidado de los pobres y la justicia social. Fue también una figura influyente en la escena internacional, mediando en conflictos, defendiendo el medio ambiente y abogando por los migrantes.
Líderes religiosos y jefes de Estado de todo el mundo han comenzado a expresar sus condolencias. Naciones como Argentina, Alemania, Brasil, Estados Unidos y Filipinas —países con grandes comunidades católicas— han declarado días de luto o han anunciado ceremonias oficiales.
Mientras tanto, la Iglesia Católica se prepara para un nuevo cónclave. El Vaticano ha convocado a los cardenales del mundo para iniciar el protocolo de sucesión, que podría comenzar en los próximos días con la tradicional «Sede Vacante».
La muerte de Francisco marca el fin de una era reformista y cercana, en la que el papado se sintió más humano y más próximo a las periferias. Para muchos, su legado vivirá más allá de la historia eclesial, como símbolo de compasión y coraje en tiempos difíciles.



