ROMA – La campana mayor de San Pedro no sonó con estruendo. Fue más bien un lamento grave, un susurro de bronce que parecía llorar con el mundo entero. A las 6:12 a.m. del lunes 21 de abril, se apagó la vida de Jorge Mario Bergoglio. El Papa Francisco, el pontífice de los gestos simples, la misericordia inagotable y la sonrisa de pastor cercano, partió dejando un vacío profundo y un legado imborrable.
Su muerte no solo marca el fin de un pontificado que transformó los cimientos del Vaticano, también da inicio a la Sede Vacante, ese interregno sagrado en el que la Iglesia Católica entra en pausa, contempla su herida y comienza a prepararse para elegir a su nuevo guía.
Mientras millones de fieles rezan en silencio, lloran en plazas y templos, y encienden velas por su alma, en el corazón del Vaticano se activa un protocolo centenario. No se mueve con premura, sino con ceremonia. Es un engranaje de solemnidad que mezcla tradición, fe y ritual.
Desde 2019, el cardenal Kevin Joseph Farrell –de origen irlandés y nacionalizado estadounidense– ostenta el título de camarlengo, y con él, la delicada tarea de velar por la transición. A él le corresponde cerrar y sellar el apartamento papal, como si el alma de Francisco aún necesitara privacidad. También debe destruir el Anillo del Pescador, símbolo del poder pontificio, en un acto más ritual que burocrático: el cierre de una era.
Farrell será también el encargado de organizar el funeral. Bajo la imponente cúpula de Miguel Ángel, dignatarios, creyentes y peregrinos de todo el mundo se reunirán en San Pedro para decir adiós. Será una despedida histórica.
La organización del próximo cónclave recae ahora sobre Giovanni Battista Re, el decano del Colegio Cardenalicio. A sus 91 años, no podrá votar, pero sí convocar y guiar las congregaciones generales, las reuniones donde los cardenales se preparan para la elección. No se trata solo de discutir nombres. Es una búsqueda espiritual. Un tiempo de oración, reflexión y discernimiento.
Fue en una de esas congregaciones que, en 2013, surgió un nombre inesperado: el del cardenal argentino Bergoglio, quien bajó del avión con una cruz de madera y un llamado claro: reformar la Iglesia desde adentro, hacerla más humana, más cercana.
Durante la Sede Vacante, cesan casi todos los cargos vaticanos. Solo unos pocos permanecen en funciones esenciales: el camarlengo, el decano, el secretario del Colegio Cardenalicio, entre otros. Pero lo que verdaderamente se impone es el silencio.
En Roma, la Basílica de San Pedro respira un aire distinto. Aún entre turistas, la atmósfera huele a incienso, a nostalgia y a fe expectante. La ciudad eterna parece sostener la respiración mientras el mundo católico aguarda.
El cónclave deberá comenzar entre 15 y 20 días después del fallecimiento del pontífice, para permitir que todos los cardenales lleguen a Roma. En la Capilla Sixtina, bajo la mirada solemne del Juicio Final de Miguel Ángel, se invocará una vez más al Espíritu Santo. En secreto y con conciencia, los purpurados escribirán el nombre del próximo papa.
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Francisco fue el Papa de los abrazos a los enfermos, de los almuerzos con migrantes, del “recen por mí” al despedirse. Reformó con firmeza, pero con ternura. Abrió puertas a los marginados, incomodó a los poderosos, caminó con sandalias por los caminos difíciles del siglo XXI.
Hoy, la Iglesia se detiene. Antes de mirar hacia adelante, mira atrás con gratitud. Honra a un pastor que jamás se cansó de recordar: “Dios no se cansa de perdonar”.




