Por más que se intentó pintar como un renacer cultural, el fallido Festival de Música del Caribe terminó revelando una realidad mucho más preocupante: la opacidad en el manejo de recursos públicos, la improvisación institucional y, según denuncia el concejal Javier Julio Bejarano, un intento deliberado por maquillar una crisis de gestión con discursos huecos y gestos mediáticos.
El concejal de la Oposición, quien en los últimos días viene sosteniendo un firme ejercicio de control político sobre la Administración Distrital, dejó una constancia tan contundente como alarmante: teme por su seguridad y la de su equipo tras recibir amenazas luego de sus denuncias públicas. No es un detalle menor. En un país donde la crítica suele costar caro, esa advertencia es un llamado de alerta que no se debe ignorar.
- ¿Dónde están los 2.600 millones?
La pregunta del millón —mejor dicho, de más de $13 mil millones— gira en torno a los fondos aprobados por el Concejo para apoyar cinco festivales, entre ellos el Festival de Música del Caribe. Si el festival fracasó, si la asistencia fue mínima, si la logística falló y si los artistas no fueron contratados con recursos públicos, ¿para qué se pidió el dinero? ¿Dónde está? ¿Quién lo tiene?
La respuesta oficial del IPCC intenta despegar al Distrito del fracaso: que fue un evento privado, que el apoyo fue solo en logística y promoción. Sin embargo, los videos, la propaganda institucional, el respaldo del alcalde y las declaraciones de la directora del IPCC cuentan otra historia: el Distrito sí se involucró y lo hizo de manera activa.
- El show de los Masaka Kids: ¿solidaridad o cortina de humo?
La aparición de los niños africanos del grupo Masaka Kids Africana fue anunciada como uno de los grandes atractivos del Festival. No obstante, los problemas logísticos y de papelería impidieron su presentación en el evento. Más adelante, ya fuera del marco del festival, aparecen haciendo actividades en la ciudad, y es allí cuando, según el concejal, el alcalde Dumek Turbay, irrumpe como “salvador”. ¿Coincidencia? Para Javier Julio Bejarano, no: se trata de un uso estratégico de la imagen de los niños para desviar la atención sobre una Cartagena sumida en una profunda crisis de seguridad.
- ¿Y la transparencia?
El concejal ha insistido en algo elemental: ¿Cómo se pagaron los artistas? ¿Hubo pagos en efectivo? ¿Se usaron recursos del Distrito? Hasta la fecha, no hay una respuesta clara, y las solicitudes de información a las distintas dependencias parecen navegar en un mar de evasivas.
Lo grave no es solo el fracaso de un festival. Lo verdaderamente preocupante es el patrón que el concejal opositor viene denunciando: falta de claridad, uso indebido de la institucionalidad y opacidad en la inversión de los recursos públicos. A esto se le suma el uso del espectáculo para maquillar realidades, una fórmula tan antigua como peligrosa: crear el problema, aparecer como héroes.
Dice el concejal que Cartagena no necesita más eventos fracasados ni más shows mediáticos. Necesita rendición de cuentas, responsabilidad en la gestión y funcionarios que no teman hablar con la verdad.



