En las sabanas cálidas y abiertas de Turbaco, Bolívar, donde el canto de los gallos se mezcla con el relincho de los caballos al amanecer, hay un rincón llamado Pesebrera Santa Lucía. Ahí, entre monturas, polvaredas y carcajadas, reina un hombre de sonrisa ancha y alma indomable: Carmelo David Cruz Vergara.
Dicen por aquí —y nadie se atreve a contradecirlo— que Carmelo nació sobre un caballo, o al menos, que el primer biberón que probó fue una rienda de montar. Su vida entera parece una estampa viva del Caribe profundo, ese Caribe de historias orales, de jocosidades interminables, de amigos que se vuelven parientes y parientes que son más familia que la sangre misma.
Corría el 19 de diciembre de 1970 cuando San Pedro, Sucre —una tierra algodonera, inmortalizada en las notas de Sorayita Villamil— vio nacer a este hombre de espíritu brioso. Hijo de don Carmelo Eduardo Cruz Buelvas, que partió prematuramente en un accidente de tránsito, y de doña María Vergara Romero, “la niña Mayo”, mujer de temple dulce y voz respetada en aquellas sabanas que conocen más de soles y sudores que de relojes y prisas.
«Me crie en la esquina más conflictiva de San Pedro, la esquina del mercadito», suele decir Carmelo con esa forma suya, tan escueta como sabrosa. Y aunque asegura que era el menos travieso de su manada, la vida le pasó factura a punta de bromas pesadas y «montadas», como llaman en el Caribe al arte de fastidiar con cariño.
Lo cierto es que, aunque nacimos el mismo año, la vida nos llevó por senderos distintos. Sin embargo, la amistad entre nuestras madres, la niña Mayo y doña Julia Caraballo viuda de Herrera, tejió un lazo que, como buen hilo costeño, es fuerte y difícil de romper. Más tarde, nuestras hijas, María Rita y Daniela Andrea, también sellaron esa herencia de afectos. Y como en los pueblos, donde la genealogía es un mapa que se dibuja con apodos y apellidos mezclados, descubrimos que los Cruz y los Arrieta también nos emparentaban lejanamente. Desde entonces, a sus tíos los llamo «pariente», con especial cariño a Mariano y a don Manuel Segundo Cruz Buelvas, decimero, caballista y poeta de corazón.
Pero volvamos al “ojimeneado” —como lo bautizamos en nuestras correrías de risa fácil—. Para Carmelo, el caballo no es un animal: es una extensión del alma. “Montador a pata pela”, dice, con el pecho henchido de orgullo. Y quien conoce el arte de montar sin aderezos ni pretensiones, entiende que esas palabras encierran una vida entera.
A través de su criadero, Carmelo ha llevado mulos, burras y caballos de raza a pueblos olvidados y ciudades ruidosas. De entre todos sus ejemplares, destaca Norela, una burra que se volvió leyenda cuando fue rifada en redes sociales, en una de esas campañas que mezclan humor, ingenio y tradición. «Rifó a la novia y la despachó lejos», decían las malas lenguas entre carcajadas, sospechando que un nuevo amor cabalgaba ya en su vida.
No hay día que Carmelo no regale en Facebook un pedazo de historia: anécdotas, refranes, dichos populares, relatos de borracheras épicas y cabalgatas inolvidables. La memoria oral de la región vive en su teclado como si fuera un juglar moderno.
| Carmelo David Cruz Vergara |
De todas sus historias, una reciente se ganó los aplausos y las carcajadas: al calor de unos tragos —“una gran pea”, diría un entendido—, se lanzó a correr San Juan montado en Capricho, un potro nuevo que no entendió de afectos ni de respetos. El golpe fue duro, pero más sonoras fueron sus carcajadas al narrarlo: «Eso fue un despecho mutuo entre el potro y yo», escribió, mientras las redes se llenaban de bromas y de cariño. Aquella vez, Capricho no solo lo tumbó, sino que regresó con furia a patearlo y morderlo, como quien salda una vieja deuda. Las cicatrices en su rostro y en sus brazos son testigos mudos de ese día, y Carmelo las luce con orgullo, como medallas ganadas en un campo de batalla que huele a sudor, cuero y tierra mojada.
Este escrito no es una despedida. ¿Cómo despedirse de alguien que siempre está, aunque el tiempo pase y la distancia se alargue? Es, más bien, un brindis al viento por ese amigo entrañable que sigue galopando por la vida con el corazón alegre y el alma en fiesta.
A Carmelo David Cruz Vergara, mi pariente, mi amigo, mi pedazo de Caribe: que sigas cabalgando sueños, que no falten los caballos ni las carcajadas, y que la mamadera de gallo siga siendo tu estandarte. ¡Salud, mi negro querido!
Oficial ® del Ejército Nacional, abogado y comunicador.
Consultor en seguridad, convivencia ciudadana y orden público. Especialista en análisis estratégico y resolución de conflictos. Comprometido con la ley, la democracia y la defensa de la patria.