La muerte de Alba Rubiela Guerrero Angulo, líder comunitaria de Magangué, a manos de su propio hijo, este domingo 27 de abril, no solo genera conmoción por su brutalidad, sino también por la desgarradora carga psicológica que revela. Este crimen abre interrogantes profundos sobre el deterioro de los lazos afectivos, la salud mental desatendida y las fracturas invisibles en las relaciones familiares.
Alba Guerrero, mujer de 53 años, había dedicado su vida a servir a su comunidad. Era reconocida como una guerrera incansable, una figura maternal no solo para su hijo, sino para muchas personas del barrio La Esmeralda. Sin embargo, ni su liderazgo ni su resiliencia comunitaria pudieron salvarla de una tragedia que, probablemente, venía gestándose en el silencio de su propio hogar.
El crimen ocurrió tras una discusión motivada, según testigos, por la solicitud de dinero. Este detalle, aparentemente simple, apunta a un posible patrón de dependencia económica, frustraciones acumuladas y carencias emocionales profundas. En la psiquis de su hijo, Francisco Javier Meza Guerrero, de 24 años, es posible que coexistieran sentimientos ambivalentes: la necesidad de afecto, resentimientos no resueltos y quizá una percepción distorsionada de su propia situación vital.

La violencia filicida suele tener raíces en una mezcla de trastornos psicológicos, situaciones de abuso o negligencia, o crisis emocionales extremas. Aunque aún no se conocen sus antecedentes, su acto evidencia una desconexión emocional radical, una incapacidad de ver a su madre como ser humano y no como un objeto de sus frustraciones.
La ferocidad del ataque –seis puñaladas dirigidas al abdomen y tórax– sugiere un desbordamiento de rabia más que un impulso momentáneo. En términos psicológicos, se trataría de un acto de “despersonalización” donde la víctima deja de ser vista como alguien cercano y se convierte en el receptáculo de emociones acumuladas: ira, resentimiento, impotencia.
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En Magangué, la comunidad llora a Alba Guerrero como una líder, pero también como símbolo de una tragedia social más profunda: la falta de acceso a atención psicológica oportuna, los vínculos familiares deteriorados por factores socioeconómicos y la invisibilización del sufrimiento emocional de muchos jóvenes.
Mientras el sistema judicial procesa al parricida, quedan preguntas que deben interpelar a la sociedad entera: ¿Cuántos otros conflictos familiares cargan hoy silenciosamente esta misma rabia? ¿Qué falló para que un hijo viera en su madre un enemigo y no su protectora?
Quizá el legado de Alba Guerrero no solo sea recordarla por su liderazgo, sino también asumir como comunidad la urgente necesidad de sanar nuestras relaciones más íntimas antes de que la violencia vuelva a romperlas.



