En Cartagena de Indias, ya no basta con mantenerse al margen de los conflictos para estar a salvo. La violencia no distingue entre culpables e inocentes. Así quedó demostrado en el barrio San Pedro y Libertad, donde un ataque sicarial no solo cobró la vida de su objetivo, sino también la de Franklin Pardo Salguedo, un vigilante de 62 años que murió simplemente por estar en el lugar equivocado.
La escena era simple: vecinos reunidos para observar un juego de ludo, una imagen cotidiana de convivencia. Pero la tranquilidad se rompió de golpe cuando un hombre desconocido irrumpió en la calle y, sin previo aviso, abrió fuego contra Deimer Rafael Hernández Arrieta, de 36 años. Aunque Hernández era el blanco, el plomo no respetó fronteras: Franklin, ajeno a cualquier disputa, cayó herido por una bala perdida. Horas después, murió en un centro asistencial.
La tragedia pone en evidencia la brutal indiferencia del sicariato frente a la vida ajena. Franklin no era un objetivo. era un trabajador, un vecino, un ser humano más que se convirtió en daño colateral de una guerra que no libra, pero que igual termina cobrándole la vida.
La Policía confirmó que Hernández tenía antecedentes judiciales por el delito de acto sexual con menor de 14 años. Pero esa condición no justifica el horror sembrado a su alrededor. El mensaje que dejan estos crímenes es devastador: en la capital de Bolívar, ya no existe un lugar seguro, ni una actividad inocente que esté exenta del riesgo de convertirse en un campo de muerte.
La comunidad de San Pedro y Libertad no solo llora a dos muertos; llora también la pérdida de su tranquilidad. Cada vecino sabe ahora que basta estar presente para que una bala sin nombre decida su destino.
Porque cuando el sicariato actúa, la línea entre culpable e inocente desaparece. Y es la vida común, la vida del que trabaja, la vida del que solo pasaba por allí, la que termina pagando el precio.



