Tres años han pasado desde que el mundo se estremeció con el asesinato del fiscal antimafia paraguayo Marcelo Daniel Pecci Albertini, ejecutado en plena luna de miel en una playa de Barú, a pocos kilómetros de Cartagena de Indias. Tres años de dolor, frustración y preguntas sin respuesta. Tres años sin que los verdaderos autores intelectuales den la cara.
Hoy, su esposa, la periodista Claudia Aguilera, ha vuelto a alzar la voz. No con discursos ni exigencias judiciales, sino con una carta devastadora que deja al descubierto el vacío emocional y jurídico que dejó el crimen. Un clamor desgarrador que pone el dedo en la llaga de la impunidad.
“Perdóname por ya no creer en la justicia… Amor, son tres años aciagos”, escribió Aguilera en una carta pública. En su mensaje, pide perdón al hombre que amaba por sentirse “asqueada” del Ministerio Público, la institución que Pecci defendió con su vida.
Su dolor contrasta con los avances parciales de la justicia colombiana: 10 personas condenadas. pero los nombres de quienes ordenaron y financiaron el asesinato aún permanecen en las sombras.
A finales de 2024, la fiscal general Luz Adriana Camargo reconoció ese “déficit” en la investigación y anunció un cambio de enfoque hacia los autores intelectuales: “Queremos avanzar hacia los determinadores naturalmente, que es lo que yo considero es el déficit que en este momento tenemos en este caso”.
El crimen de Pecci no fue un acto aislado: fue un mensaje. Su asesinato a plena luz del día, mientras disfrutaba de una luna de miel, fue una ejecución planificada por mafias con tentáculos transnacionales. Y su impunidad, un peligroso precedente.
Mientras su esposa clama desde el exilio del luto, la justicia parece haberse detenido en la mitad del camino. Hoy, el silencio no puede ser la respuesta. Tres años después, el asesinato de Marcelo Pecci sigue exigiendo verdad, justicia… y memoria.



