Desde su fundación, hace ya 492 años este 1 de junio, Cartagena de Indias ha sido una ciudad codiciada. Los españoles la fundaron, pero los ingleses —con sus piratas y corsarios—, en los siglos XVI, XVII y XVIII, por motivaciones económicas y políticas, también la ambicionaron. Sin embargo, nunca lograron tomarla gracias al poderío militar español que la defendió.
La pretensión inglesa de adueñarse de Cartagena, respaldada incluso por los Reyes de Inglaterra, se basaba en su ubicación estratégica y en su papel como uno de los principales puertos del Caribe, clave en la ruta del comercio español. Desde aquí se despachaban oro, plata y otros productos del Nuevo Mundo hacia España. No obstante, en sus primeros años, Cartagena carecía de una defensa sólida, lo que permitió que algunos piratas y corsarios lograran saquearla, como ocurre también en estos tiempos modernos, aunque con otros métodos.
Uno de los episodios más conocidos de la piratería inglesa en la ciudad fue el saqueo de 1586 a manos del corsario Francis Drake —a quien curiosamente homenajeó el exalcalde Dionisio Vélez—. Luego de atacar y saquear Santo Domingo, en la isla La Española, Drake puso rumbo a Cartagena con una flota de más de veinte barcos y unos tres mil hombres. La defensa de la ciudad, desorganizada y débil, no resistió el asalto. Drake la tomó, la saqueó y, tras recibir un cuantioso rescate de las autoridades locales, decidió no destruirla y se retiró.
Este evento dejó devastada a Cartagena y dejó en evidencia su importancia estratégica. Como respuesta, la Corona española decidió fortalecer masivamente sus defensas. Así comenzó la construcción de un impresionante sistema de fortificaciones que incluía el Castillo de San Felipe de Barajas, once kilómetros de murallas, baluartes y fuertes, convirtiéndola en una de las ciudades más fortificadas del continente.
En esa época, los gobiernos ingleses —especialmente el de Isabel I— patrocinaban y financiaban a estos corsarios, otorgándoles «patentes de corso», documentos oficiales que los autorizaban a delinquir contra enemigos del Reino, exonerándolos de culpa y elevándolos al rango de héroes. Era, en resumen, un saqueo con respaldo oficial.
Hoy, esos piratas y corsarios ya no vienen de Inglaterra. Nos llegan de “El Carmen de Bolívar”, ese maltratado municipio que, a pesar de ser la cuna del actual alcalde de Cartagena, del exgobernador de Bolívar, del senador Lidio García Turbay, de su hermano el diputado José Félix García Turbay, del exsenador y excontralor David Turbay, y del exsenador William Montes, sigue siendo una población olvidada. En pleno siglo XXI, aún presenta serias deficiencias en el suministro de agua potable, y su sistema de alcantarillado sigue inconcluso debido a la corrupción que ha rodeado su construcción. Ni hablar del sector agropecuario, cuya postración es evidente.
Pero el foco de estos “carmeros” no está en su municipio natal, sino en Cartagena. Aquí se formaron profesional y políticamente, y también aprendieron todas las mañas corruptas de la política. Llegaron, como los corsarios de antaño, no con espadas y cañones, sino con discursos vacíos, clientelismo, y estrategias para saquear a la ciudad con guantes blancos. El método cambió, pero el saqueo persiste.
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Y así como la Corona inglesa entregaba «patentes de corso» a sus corsarios, hoy son los propios ciudadanos cartageneros quienes otorgan esas licencias a través del voto: engañados, desinformados, esperanzados por una OPS, un “contratico”, un “puestecito”, o por 20 mil o 50 mil pesos. Las autoridades de control e investigación reafirman esas “patentes” con su silencio o complicidad, al igual que algunos medios de comunicación, comprados o intimidados. Hace tres siglos, los piratas vinieron de Inglaterra. Hoy, llegan desde “El Carmen” de Bolívar. Y el saqueo continúa.




