El estruendo de las balas de sicarios volvió a interrumpir la noche en Cartagena de Indias. Esta vez fue en el barrio San Pedro Mártir, donde dos jóvenes —José Ángel Rebollo Blanco, de 19 años, y Maicol Mendoza de Arco, de 32— fueron asesinados en un ataque sicarial que dejó además una persona herida.
Ocurrió a las 10:30 p.m. del viernes 30 de mayo, y aunque los titulares del día siguiente hablarán de “anotaciones judiciales” y “ajuste de cuentas”, lo cierto es que la ciudad suma dos muertos más en su espiral interminable de violencia urbana, sin respuestas ni frenos claros.
La Policía Metropolitana fue rápida en señalar que una de las víctimas tenía antecedentes por homicidio, acceso carnal violento, extorsión y porte ilegal de armas. ¿Y qué? ¿Eso convierte su asesinato en algo menor? ¿Eso justifica la sensación de impunidad que campea por las calles cada noche, mientras barrios enteros se resignan a vivir bajo la ley del miedo?
Porque eso es lo más grave de este crimen: que no sorprende a nadie. Ni a los vecinos de San Pedro Mártir, ni a las autoridades. Es apenas un episodio más de una lista que parece interminable. Un joven muerto, otro herido que también muere, y un barrio que cierra puertas más temprano por temor a ser testigo —o peor, víctima— del próximo tiroteo.
Pero lo verdaderamente indignante es el silencio institucional tras cada uno de estos casos. Se repite la fórmula: comunicado policial, recolección de pruebas, promesa de investigar. Y luego nada. No hay capturas, no hay explicaciones, no hay estrategias nuevas. Mientras tanto, los barrios como San Pedro Mártir se convierten en territorio de nadie.
¿Dónde está la inteligencia policial? ¿Qué plan de seguridad integral se está aplicando en estas zonas vulnerables? ¿Dónde está la Secretaría del Interior ¿y el implacable Plan Titan24? La violencia no se combate solo con patrullas después del hecho, ni con estadísticas frías que clasifican a las víctimas por sus antecedentes.
La ciudad necesita un cambio de enfoque urgente. No podemos seguir naturalizando el asesinato como si fuera parte del paisaje urbano. No puede ser que un joven de 19 años, cualquiera que haya sido su historia, termine acribillado en una moto y el resto del barrio solo alcance a cerrar las ventanas.
El caso de San Pedro Mártir debe ser una alarma, no un número más. Porque cada muerto tiene una familia, un contexto, una comunidad que sufre. Y cada crimen sin resolver es una promesa rota.



