En Cartagena de Indias ya no hay hora segura ni rincón libre de la violencia. El más reciente hecho de sangre estremeció a los habitantes del corregimiento insular de Barú: un joven de 27 años, identificado como Kevin Ospino Torreglosa, conocido en la zona como ‘Kevin Piercing’, fue asesinado a plena luz del día por sicarios que se movilizaban en una lancha.
El crimen ocurrió en el muelle Puerto de Barú cuando la víctima intentaba abordar una embarcación. Según testigos, desde otra lancha, un sicario sacó un arma de fuego y le disparó a quemarropa. Kevin cayó sin vida en el muelle, mientras el asesino huía por vía marítima. El ataque fue tan rápido como certero.
Este asesinato no es un caso aislado. Por el contrario, es otro capítulo de la ola de inseguridad que azota a Cartagena: extorsiones, robos a mano armada y homicidios selectivos se han vuelto parte del paisaje cotidiano en barrios urbanos, zonas rurales e incluso en los destinos turísticos.
En los últimos meses, comerciantes han denunciado un aumento alarmante en las extorsiones. Las llamadas amenazantes, las visitas intimidantes y las exigencias económicas de bandas delincuenciales se han multiplicado, obligando a muchos negocios a cerrar o a trabajar bajo miedo constante. La frase «pague o muere» se ha convertido en parte del léxico de quienes luchan por sobrevivir en sectores como Olaya, El Pozón, La María o el Centro Histórico.
Mientras tanto, los atracos a mano armada ocurren a cualquier hora del día. En zonas comerciales, estaciones de Transcaribe y hasta en las playas, ciudadanos son despojados de sus pertenencias con armas cortas y cuchillos. La ciudadanía denuncia que las respuestas institucionales son lentas e insuficientes.
El caso de Kevin en Barú pone en evidencia cómo el sicariato ha dejado de ser exclusivo de la noche o de los callejones ocultos. Hoy, se cometen asesinatos en avenidas transitadas, en semáforos, en tiendas, en muelles, sin temor a cámaras ni testigos. La facilidad con la que los delincuentes se movilizan —ya sea en motos, carros o lanchas— muestra un nivel de impunidad alarmante.
Aunque la Policía confirmó que Kevin tenía antecedentes por porte ilegal de armas, tráfico de drogas y lesiones personales, eso no resta gravedad al hecho: la justicia no lo había capturado o procesado de forma efectiva, y el sicariato decidió hacer su propio juicio, ejecutado en público.
Cartagena, ciudad Patrimonio de la Humanidad y vitrina del turismo internacional, está atrapada entre la belleza de su entorno y la oscuridad de una violencia creciente. La respuesta de las autoridades ha sido limitada: patrullajes esporádicos, operativos reactivos y capturas aisladas no han logrado contener el avance de las bandas criminales que controlan el microtráfico, el cobro de extorsiones y las vendettas armadas. Mientras tanto, el miedo avanza como una marea oscura por las calles, barrios y costas de Cartagena.
La muerte de Kevin Ospino, en una lancha, a la vista de todos, en pleno día, resume el drama de una ciudad que está perdiendo la batalla contra el crimen. Cartagena, la histórica, la de los atardeceres mágicos y los turistas deslumbrados, hoy también es la Cartagena de la sangre, el miedo y la impunidad.



