A 74 años del desembarco del primer contingente del Batallón Colombia en Busán, Corea del Sur, es necesario rememorar una de las páginas más notables —y muchas veces olvidadas— de la historia militar colombiana. La participación de nuestros soldados en la Guerra de Corea no solo marcó el debut internacional de Colombia en un conflicto armado externo, sino que consolidó la reputación del soldado colombiano como un combatiente valiente, disciplinado y comprometido con la libertad.
Colombia fue el único país de América Latina que atendió el llamado de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) para apoyar militarmente a Corea del Sur, que enfrentaba la invasión de tropas norcoreanas apoyadas por China y la entonces Unión Soviética. En total, más de 5.000 hombres integraron el Batallón Colombia No. 1, acompañados por tres fragatas de la Armada Nacional.
La guerra, iniciada el 25 de junio de 1950, fue un claro ejemplo de los conflictos indirectos (o proxy wars) característicos de la Guerra Fría. Las fuerzas norcoreanas cruzaron el paralelo 38 y desataron una confrontación de gran escala. Ante esto, la ONU expidió una resolución para contrarrestar la agresión, solicitando ayuda militar a sus Estados miembros. Colombia, bajo el gobierno de Laureano Gómez, respondió inicialmente con una unidad naval y luego con la creación de un batallón de infantería.
El 18 de mayo de 1951 zarpó de Buenaventura el primer grupo del Ejército colombiano. El 16 de junio desembarcaron en Busán y se integraron a las divisiones 7 y 24 del Ejército de los Estados Unidos. Así comenzó una campaña que llevaría al Batallón Colombia a participar en combates emblemáticos como Nomad, Thunderbolt, Climber, Bárbula y, especialmente, la Batalla de Old Baldy, donde los soldados colombianos evitaron que las fuerzas chinas tomaran una posición clave hacia Seúl.
En total, 145 combatientes colombianos murieron, 69 fueron reportados como desaparecidos y 610 resultaron heridos. Su sacrificio no fue menor. La experiencia coreana no solo fortaleció los vínculos bilaterales entre Colombia y Corea del Sur, sino que dejó lecciones profundas en lo militar, estratégico y humano.
“He combatido en tres guerras. Pensé que nada me faltaba por ver en el campo del heroísmo y de la intrepidez humana. ¡Pero me faltaba ver combatir al Batallón Colombia!”, dijo el teniente general estadounidense Blackshear M. Bryan.
- Más allá del heroísmo: el rostro olvidado de los veteranos
Tras el regreso de las tropas a Colombia en 1954, muchos soldados esperaban reconocimiento, oportunidades laborales y respaldo institucional. Algunos lograron continuar su carrera militar, incluso alcanzando rangos superiores. Sin embargo, una gran mayoría regresó al anonimato, enfrentando precariedad económica, desempleo y olvido estatal.
Aunque con el tiempo han surgido iniciativas conmemorativas y algunas organizaciones que dicen representar sus intereses, la deuda histórica con los veteranos persiste. Muchos han fallecido sin pensión, sin asistencia médica y sin que sus historias fueran conocidas por las nuevas generaciones.
- Memoria y enseñanza
La participación colombiana en la Guerra de Corea sigue siendo una lección de lealtad, sacrificio y dignidad. También es un recordatorio de los costos humanos de la guerra y de la necesidad de honrar a quienes lucharon bajo el estandarte de la patria. La memoria de estos soldados no debe ser objeto de conmemoraciones ocasionales, sino de políticas permanentes de reconocimiento, atención y justicia.
La historia del Batallón Colombia no solo pertenece a los archivos militares, sino que debe ocupar un lugar en los currículos escolares, en los debates sobre geopolítica y en los espacios donde se construye la identidad nacional. La paz en las tumbas de los caídos es solo completa cuando la memoria los dignifica.



