- La escena del crimen se repite como una fórmula macabra. Cada nuevo homicidio se suma a una estadística que duele, que quema, que grita y que exige respuestas ya.
37 personas asesinadas, entre ellas una menor de edad, un chef extranjero y un turista caleño, víctimas de una ciudad que parece perder el control frente a la violencia. Las cifras oficiales y los datos de Medicina Legal no solo confirman que junio fue el mes más sangriento del año, sino que revelan una escalada de asesinatos selectivos que desafía a las autoridades y enciende las alarmas ciudadanas.
Los crímenes, en su mayoría por sicariato, se registraron en barrios históricamente golpeados por el crimen, pero también alcanzaron zonas comerciales y sectores turísticos. La modalidad más común sigue siendo la del asesinato a sangre fría en motocicleta, sin mediar palabra, a plena luz del día y ante la mirada impotente de testigos.
De los 37 homicidios cometidos en junio, 26 fueron sicariatos, 4 ocurrieron en riñas, 3 durante atracos y 4 más están bajo investigación. Esta cifra supera ampliamente los 30 asesinatos registrados en mayo y refleja una tendencia ascendente que debería preocupar no solo a la ciudadanía, sino al Estado en todos sus niveles.
La escena del crimen se repite como una fórmula macabra: dos hombres en moto, el parrillero dispara, la víctima cae, y nadie responde. El asesinato de Luis Enrique Bonfante Pájaro, ocurrido el lunes festivo 30 de junio en un local de comidas rápidas en Torices, cerró el mes como el homicidio número 37. Tenía antecedentes judiciales, pero lo mataron como a tantos otros: sin juicio, sin ley, sin defensa.
Tres de los asesinatos ocurrieron durante atracos. Uno de ellos estremeció a la comunidad internacional: Luis Dionisio Ruiz, un chef peruano, fue asesinado el 29 de junio en El Bosque para robarle una cadena. El crimen ocurrió en plena vía pública, a la vista de todos. Nadie lo protegió. Ninguna patrulla llegó a tiempo. Su vida terminó en medio de un forcejeo con delincuentes motorizados.
El 1 de junio también fue trágico. Álvaro José Flórez Salazar, un turista caleño, fue baleado en El Espinal por intentar evitar el robo de su cadena de oro. Ese mismo día, en el barrio Ternera, asesinaron a Hernán Díaz Periñán por resistirse a que le robaran el reloj.
Barrios como Olaya Herrera, El Pozón, La María y Nuevo Paraíso se han convertido en focos recurrentes de violencia. Solo en junio, cuatro asesinatos se registraron en Nuevo Paraíso, sumando ya 10 homicidios en ese sector en lo que va del año. En Olaya y El Pozón los casos superan los 15, mientras que en La María van 9.
Y la violencia no perdona ni a los más jóvenes. Valeria Margarita Meriño Rodríguez, una adolescente de 16 años, fue asesinada en una riña con otra menor de 17 en el barrio 20 de Julio. El crimen ocurrió en la madrugada del 13 de junio y dejó al descubierto otro frente de violencia: el que se vive entre jóvenes, en las calles, sin mediación institucional.
El patrón es claro: el sicariato es la forma más común de asesinato en Cartagena, y la mayoría de los crímenes están relacionados con ajustes de cuentas, disputas por territorio, robos o venganzas. Sin embargo, las estrategias de seguridad no parecen frenar la violencia, ni prevenir el reclutamiento de jóvenes por estructuras criminales que operan con total libertad en muchos sectores.
Cartagena, una ciudad que debería ser símbolo de turismo, cultura y desarrollo, se desangra lentamente en la periferia y en sus centros comerciales, mientras las cifras crecen y las soluciones se dilatan. La sensación de inseguridad se ha convertido en una realidad diaria, palpable, trágica.
La respuesta no puede seguir siendo la indiferencia. Cartagena necesita más que consejos de seguridad: necesita acciones, presencia real del Estado, inteligencia criminal y justicia efectiva. La ciudadanía está cansada de contar muertos y de ver cómo las balas reemplazan la palabra. La violencia no se combate con comunicados ni con cifras maquilladas. Se enfrenta con decisión política, inversión social y protección real a los territorios.
Mientras tanto, cada nuevo homicidio se suma a una estadística que duele, que quema, que grita. Y que exige respuestas ya.



