Hablar de Álvaro Leyva Durán, el exministro, el octogenario excanciller de Colombia, no es tarea fácil. Hacerlo implica contener emociones que oprimen el alma y sacuden los sentimientos. Lo digo porque este fin de semana se conocieron revelaciones que comprometen su nombre en supuestos intentos por desestabilizar el gobierno del presidente Gustavo Petro Urrego.
Leyva Durán, pese a su avanzada edad y a estar prácticamente retirado de la vida pública, fue llamado por Petro para dirigir la Cancillería, una de las carteras más importantes del país. Sin embargo, sus actuaciones posteriores —desde las cartas cargadas de acusaciones contra el mandatario, hasta los supuestos contactos con congresistas republicanos en Estados Unidos y figuras de la vida nacional como la vicepresidenta Francia Márquez y la periodista Vicky Dávila, e incluso con grupos armados al margen de la ley— configuran un panorama alarmante.
Sus acciones, orientadas presuntamente a deslegitimar y derribar al presidente, lo retratan como un canalla, un miserable y un ruín. Es decir, una persona despreciable, desleal y profundamente desagradecida.
Álvaro Leyva Durán, anunciado por Petro como canciller el 25 de junio de 2022, es abogado y economista bogotano nacido en 1942. Militante conservador, como su padre, fue cercano a Misael Pastrana y Belisario Betancur. Ocupó cargos como Ministro de Minas y Energía, fue constituyente en 1991 y participó como negociador en procesos de paz con el M-19, el ELN y las FARC, especialmente durante los gobiernos de Betancur, Pastrana y Santos. También fue parte del equipo que firmó el Acuerdo de Paz de 2016 en La Habana.
Su ruptura con el gobierno comenzó con el escándalo de la licitación de los pasaportes, donde el presidente Petro detectó presuntas irregularidades y detuvo el proceso. La Procuraduría inhabilitó a Leyva por 10 años para ejercer cargos públicos, tras hallarlo responsable de violar principios de contratación estatal. Fue suspendido por tres meses y terminó renunciando el 21 de mayo de 2024.
Petro, actuando con generosidad, le dio su voto de confianza, como lo hizo con Alejandro Gaviria en Educación, Olmedo López en la UNGRD y hasta con la vicepresidenta Francia Márquez, con quien ha tenido diferencias públicas. Hoy sabemos que Petro no estaba paranoico ni delirante, como lo insinuaban algunos medios: desde el inicio, tenía información sobre quienes querían sabotear su mandato.
Leyva, dolido por su salida del gobierno y por no haber logrado que el presidente nombrara a su hijo en un alto cargo diplomático, parece haberse convertido en una ficha útil para la oposición y los sectores más radicales de la derecha colombiana.
Su plan comenzó con cartas difamatorias sobre la vida personal del Presidente, amplificadas por ciertos medios con evidente regocijo. Como bien dijo Petro, Leyva no actúa solo ni está fuera de sus cabales: detrás de él hay una maquinaria que conspira. Nombres como Efraín Cepeda, presidente del Senado, y Hernán Penagos, Registrador Nacional, aparecen mencionados en conversaciones; lo mismo que la precandidata Vicky Dávila, e incluso grupos armados como el Clan del Golfo y el ELN, según revelaciones recientes.
Quien actúa así, merece ser llamado por lo que representa: un canalla. Y no parece ser algo nuevo. Su padre, Álvaro Leyva Urdaneta, ministro del Trabajo del presidente Laureano Gómez en los años 40, en un discurso en Chocontá habría sugerido que “matar a Jorge Eliécer Gaitán” era la única manera de ganar las elecciones. Y el 9 de abril de 1948, Gaitán fue asesinado. La historia, por lo visto, se repite en quienes creen que el poder justifica cualquier traición.



