La tranquilidad habitual de la ciénaga de Puerto Santander fue interrumpida por una escena brutal: tres sicarios armados llegaron en lancha, bajaron decididos, y en menos de un minuto ejecutaron con precisión a Sony Rafael Pérez Martínez, un joven pescador y mototaxista de 28 años que ganaba el sustento diario en la orilla del puerto conocido como “Donde Celia”.
El ataque ocurrió a las 4:30 de la tarde del sábado 12 de julio, bajo el sol implacable y frente a una comunidad que aún no logra entender la crudeza del crimen. Según testigos, los asesinos no cruzaron palabra ni mostraron vacilación. Se acercaron con frialdad a la víctima y le dispararon tres veces a quemarropa, directo al rostro y la cabeza. No hubo posibilidad de correr, gritar o defenderse. Sony cayó instantáneamente, sin que nadie pudiera hacer algo por él.
En el lugar fueron hallados dos casquillos calibre 9 milímetros, y se presume que los homicidas escaparon por la misma vía fluvial por la que llegaron, lo que refuerza la teoría de que el ataque fue planificado al detalle.
En Puerto Santander, la escena fue devastadora. El cuerpo tendido al borde del agua y el rastro de sangre marcaron una postal trágica para un pueblo que ve cómo la violencia comienza a llegar por sus canales, en lancha y sin rostro. “Este no fue un crimen cualquiera. Aquí vinieron a matarlo, con nombre y dirección”, dijo un habitante del corregimiento, visiblemente afectado.
Sony Rafael Pérez Martínez no era un desconocido. Trabajador incansable, alternaba entre la pesca artesanal y el mototaxismo para sostener a su familia. Las autoridades confirmaron que no tenía antecedentes judiciales ni investigaciones pendientes, lo que ha generado aún más preguntas sobre el móvil del asesinato.
En las veredas cercanas se respira el miedo. Líderes comunitarios y familiares reclaman justicia, pero también alertan sobre el abandono estatal que ha convertido estos territorios en tierra fértil para el crimen organizado.
Este homicidio evidencia, una vez más, la fragilidad institucional en los corregimientos ribereños del Caribe colombiano, donde los ríos y ciénagas se convierten en rutas invisibles para el crimen, y la ausencia de cámaras, vigilancia y presencia policial facilita que los asesinos actúen sin obstáculos ni testigos.
Las autoridades han prometido avanzar en la recolección de información y en las labores de inteligencia. La Fiscalía General de la Nación ya asumió el caso y, junto a la Sijín, intenta dar con los autores materiales e intelectuales del crimen.
Pero mientras eso ocurre, en Puerto Santander no hay consuelo. La ciénaga sigue fluyendo como si nada hubiera pasado, y el eco de los disparos se mezcla con el silencio de una comunidad que teme hablar, teme preguntar y, sobre todo, teme que el próximo en caer sea uno de los suyos. “Cuando los asesinos llegan en lancha y se van sin dejar rastro, el mensaje es claro: aquí mandan ellos”, sentenció un líder local.



