Hoy amanecí con ese nudo en la garganta que no se quita con agua ni con tiempo. Quizás fue un verso de vallenato lo que me lo despertó, o tal vez una melodía que me lo recordó de golpe. Porque hay días en los que la nostalgia no toca la puerta: simplemente entra. Por eso escribo esta crónica. Porque necesito sacar lo que llevo dentro. Porque su ausencia sigue aquí… en cada nota, en cada silencio, en cada recuerdo.
En sueños me sorprendo hablando con él, mientras suena alguna canción que le gustaba. Le cuento mis logros, mis caídas. Le pido fuerza. Y aunque no responde, sé que me oye. Porque él no murió. Solo cambió de forma.
Hoy entiendo que su legado vive en mí, en cada gesto, en cada decisión que tomo con firmeza, en cada vez que me seco las lágrimas y sigo adelante, tal como él me enseñó. Su fuerza, su manera de amar con hechos, su mirada que decía “todo va a estar bien”… están aquí y aunque hay días donde el vacío pesa más, donde el alma se quiebra un poco, encuentro consuelo en lo que nunca se ha ido: su recuerdo, su esencia.
Cada vez que suena un vallenato, cada vez que alguien rasga un acordeón, ahí está él, sonriendo, con el alma tranquila, como si me dijera desde algún lugar del cielo: «Sigue cantando, hijo, que mientras haya música, no me he ido del todo.»
Cada 11 de diciembre el alma se me encoge, como si el calendario tuviera memoria. A esa hora que el sol comienza a caer, mi corazón vuelve a escuchar la llamada de mi hermano: “Papá murió”. Y con esas palabras, como un golpe seco al pecho, supe que una parte de mí había sido arrancada sin previo aviso. Sabíamos que pasaría. El cáncer ya había dictado sentencia. Pero uno nunca está realmente preparado para ver caer a quien le dio la vida y tanto lo quiso.
Mi padre se apagaba lentamente en una camilla de la Clínica Crecer en Cartagena de Indias. Tenía 84 años y la enfermedad lo había convertido en apenas sombra de lo que fue. Pero yo no podía dejar de esperar que, en cualquier momento, se levantaría para pedir su café y preguntar si ya era hora del noticiero. Mi hermano y yo hacíamos turnos para acompañarlo. Ya sedado, no sabemos si nos escuchaba… pero yo prefería pensar que sí. Le cantaba las canciones que solíamos parrandear juntos, como si en la música pudiera encontrar algo de alivio, un respiro entre tanto dolor.
Su cuerpo ya estaba rígido, cansado, rendido ante esa maldita enfermedad que en los últimos días lo volvió irreconocible. Pero su alma, su espíritu, seguían allí. Lo sentíamos. Esperaba algo. O a alguien.
Mi mamá se negaba a verlo. Decía que no quería recordarlo así, tan débil, tan distinto al hombre con quien había compartido 54 años de vida. Nosotros insistíamos. Sabíamos que él la necesitaba. Que quizás solo esperaba verla una vez más para poder irse en paz. Pero ella no cedía… hasta que una noche, mientras dormía en un sillón de la clínica, lo escuché en mi mente, claro como el agua: «Dile a tu mamá que venga. La estoy esperando.»
Me desperté de golpe. Al día siguiente, le mostré una foto reciente, le hablé con el alma rota: “Así lo vas a encontrar, pero tienes que ir. Él te necesita.” Y ella fue. Lo miró por última vez. Lo tocó. Le habló bajito. Quizás le pidió perdón, quizás lo perdonó. No lo sé. Solo sé que, ese día, también llegó un sacerdote, como si el cielo hubiera abierto un resquicio. Le dio la extremaunción. Le dijo que podía irse tranquilo. Y entonces, papá se fue. Como cuando alguien por fin suelta la maleta después de una larga jornada. Fue un guerrero de la vida hasta su último suspiro ese 11 de diciembre de 2021.
Los días siguientes fueron un torbellino de lágrimas, recuerdos, silencios y abrazos que dolían más de lo que curaban. Lo llevaron a la funeraria. Mi madre, mi hermana, mis tíos, sobrinos, nietos… todos lloraban. Y aun en medio del dolor, algo hermoso ocurrió: familiares que no veíamos hacía años llegaron, como atraídos por una fuerza más grande que el tiempo y la distancia. Ahí conocí a mis sobrinas, hijas de Marta. Vinieron a despedirse de su abuelo Diógenes.
El ataúd estaba impecable. Parecía dormido. Como si solo estuviera esperando su café y las noticias del mediodía. Pero el sacerdote habló de la vida y la muerte, y ahí fue cuando me quebré por dentro. No solo por lo que decía, sino porque entendí que papá no estaría más en la silla del comedor, ni en patio, ni en la puerta en las tardes, ni con sus regaños que tanto nos sacaban de quicio. Entendí que el silencio ahora lo traería a casa.
Tres de sus nietas menores, sin que nadie lo pidiera, llevaron las coronas. Abrieron el camino hasta su morada final. En ese gesto —tan espontáneo como sagrado— entendí que él seguía vivo. En ellas. En nosotros. En su legado.
Yo no sé si hay vida más allá de esta. Pero quiero creer que sí. Quiero imaginarlo feliz, recordando esas letras que quedaron plasmadas en un viejo cuaderno que sacaba cada vez que tomábamos con esa sonrisa leve que le salía cuando estábamos juntos recordando viejas hazañas. Quiero pensar que, desde donde esté, nos acompaña, nos protege, y que aún nos escucha cuando lo necesitamos.
Al pie de su tumba no pude decir mucho. Solo salió lo que el alma dictó: “Gracias, papá.” Porque El Silencio que Acompaña no es ausencia. Es la forma que tienen los grandes hombres de quedarse para siempre. Papá no murió. Solo se fue antes… a esperarnos, con el café caliente y una sonrisa donde quiera que esté.
🕊️ Hoy escribo esto como un homenaje a su memoria. Porque amanecí con ganas de hablarle al viento, de sacar este sentimiento profundo que me visita cada vez que suena un buen vallenato. Porque lo que no se dice, pesa. Y lo que se honra… vive para siempre.



