Nada les alcanza, pero todo se lo roban. Así podría resumirse la forma en que el gobierno de Gustavo Petro intenta justificar, una vez más, el anuncio de una nueva reforma tributaria en Colombia. El mandatario que en campaña prometió no subir impuestos, aliviar el bolsillo de los más vulnerables y mejorar los sistemas de educación, salud y seguridad, hoy aparece con su tercer intento de reforma fiscal en menos de tres años. Su discurso cada vez más desgastado se apoya en una retórica polarizante que sataniza a los más ricos, en una estrategia populista que lejos de resolver los problemas del país, lo hunde en un mar de contradicciones y autodestrucción política.
El presidente que aseguraba que no se tocarían las rentas bajas ni las pensiones, ahora plantea una reforma con la que pretende recaudar cerca de 20 billones de pesos, sin mostrar voluntad alguna de recortar el gasto estatal. En lugar de optimizar el uso de los recursos existentes, la solución sigue siendo exprimir al contribuyente, mientras el aparato burocrático se infla con contrataciones innecesarias y entidades ineficientes. La tan mencionada justicia tributaria ha sido, hasta ahora, una excusa para cubrir la falta de planeación fiscal y el creciente desorden administrativo.
Las promesas que llenaron plazas y titulares quedaron en el aire. Petro prometió matrícula cero, transformación del ICETEX, nuevos colegios y mejor acceso a la educación superior. Sin embargo, solo 19 colegios han sido entregados (algunos heredados de su paso por la Alcaldía de Bogotá), y más del 90 % de las metas del Ministerio de Educación siguen incumplidas. En cuanto al ICETEX, la condonación de deudas estudiantiles fue una ilusión efímera y las tasas de interés continúan asfixiando a los jóvenes.
En materia de salud, la situación es aún más crítica. Las intervenciones a entidades como Sanitas y Nueva EPS han dejado el sistema sumido en el caos. Lo que prometía ser una revolución progresista en salud, terminó convirtiéndose en un retroceso histórico. Las quejas por la falta de atención médica, entrega de medicamentos y servicios se multiplican a diario. Algunos sectores incluso aseguran que ya se cuentan muertos por improvisación, producto de la falta de planificación tras las intervenciones forzadas.
En el frente de la seguridad nacional, el gobierno tampoco ha mostrado coherencia. Petro llegó hablando de desmilitarización y diálogo con grupos armados, pero hoy gobierna con mano dura, nombra a un general retirado como ministro de Defensa y ordena operaciones que contradicen su discurso de campaña. Los homicidios, atentados y hechos violentos se han incrementado, especialmente en las zonas rurales. Al mismo tiempo, se desmontan programas de erradicación forzada de cultivos ilícitos, se fortalecen las economías ilegales y se envía un mensaje de permisividad a los grupos armados bajo la bandera de la “paz total”.
Y como si todo lo anterior fuera poco, el gran lastre del gobierno Petro es la corrupción institucional. El escándalo de la UNGRD (Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres), con más de 1.4 billones de pesos presuntamente desviados en sobornos a congresistas para aprobar reformas, es solo la punta del iceberg. En un gobierno que prometió transparencia, cero privilegios y “gobernar con las manos limpias”, hoy lo que se percibe es el desmoronamiento de su discurso frente a contratos amañados y alianzas políticas cuestionables.
Y volvemos al punto de partida: una nueva reforma tributaria en Colombia, sin respaldo ciudadano, económico ni político. El Congreso empieza a rechazarla y los gremios han manifestado su inconformidad. No hay confianza, ni dirección, ni resultados. Solo queda un discurso repetitivo, una narrativa desgastada y una ciudadanía cada vez más escéptica.
El presidente que prometió alivios, termina aplicando la medicina amarga de más impuestos. El estadista que dijo que no tocaría al pueblo, termina hundiéndolo con medidas impopulares. El candidato que vendió esperanza, hoy reparte frustración. Lo prometido fue deuda… y el cobro llegó con intereses.
Petro nunca ha gobernado; solo ha improvisado. Su legado se escribe con tinta de promesas rotas, escándalos de corrupción y reformas fiscales impopulares. Nada les alcanza, pero todo se lo roban. Y como siempre, el pueblo es quien paga los platos rotos.



