Colombia vibró. Colombia sufrió. Colombia lloró, pero no de tristeza, sino de emoción, orgullo y agradecimiento. En una tarde de fútbol que quedará escrita con letras de oro en la memoria de todos los colombianos, nuestras guerreras, nuestras chicas superpoderosas, lo entregaron todo y más en la gran final de la Copa Libertadores Femenina de América. Aunque el resultado final no nos dio el título, sí nos dio algo mucho más valioso: la certeza de que las mujeres en el fútbol ya no son promesa, son presente, son poder y son gloria.
El marcador se selló en una infartante definición por penales que terminó 6 a 5 a favor de Brasil, tras un empate de 4 a 4 en el tiempo reglamentario y los dos tiempos extra. Pero más allá del resultado, lo que vivimos fue una epopeya. Una batalla deportiva digna de una final mundialista. Un espectáculo de carácter, resistencia, táctica, garra y, sobre todo, amor por un país que las alentó desde cada rincón.
Las brasileñas, favoritas por historia y experiencia, salieron con todo. Y sí, hay que decirlo sin temor: el arbitraje dejó mucho que desear. La jueza, con decisiones cuanto menos cuestionables, pareció inclinarse hacia las de camiseta amarilla. Un penal dudoso, faltas sin sanción, empujones sin tarjeta… hasta parecía una metáfora del gobierno del falso cambio: injusticias disfrazadas de legalidad. Pero nuestras jugadoras no se dejaron intimidar. Respondieron con fútbol y con corazón.
El partido fue un vaivén de emociones. Colombia ganaba, empataba, volvía a ganar. Brasil igualaba sobre el final. Una montaña rusa que llevó el alma de los hinchas hasta la garganta. Fue Linda Caicedo, esa joya que brilla con luz propia, quien provocó el penal que Leicy Santos convirtió con categoría para igualar 4 a 4 y forzar los penales. El país entero contenía la respiración.
Llegaron los tiros desde los doce pasos. La veterana Marta, símbolo eterno de Brasil, ganó el sorteo e inició la tanda. Pero ahí emergió una heroína inesperada: Katerine Tapias, la arquera de Lorica, Córdoba. Atajó con reflejos de felina el segundo disparo de las brasileñas. Luego vino el drama. Manuela Pavi elevó su tiro. Leicy Santos también falló ante la arquera Lorena. Pero Tapias, imperturbable, volvió a brillar tapando el penal de Marta. ¡Sí, de Marta! Y entonces, llegó ella. Linda, con el temple de una veterana en cuerpo de adolescente, ejecutó el penal definitivo con un misil imparable. Colombia empataba la serie. ¡Qué intensidad, qué locura, qué emoción!
Pero el fútbol, a veces, es cruel. En el sexto cobro, Brasil acertó, y Colombia falló. Se esfumaba el sueño del título, pero no la gloria. Porque esta generación de futbolistas le mostró al país y al continente que el talento no tiene género, que las mujeres también pueden llenar estadios, emocionar multitudes y hacernos llorar de orgullo.
Estas jugadoras son más que futbolistas. Son símbolo de lucha, superación, valentía y amor por la camiseta. En un país que suele dejar en segundo plano el deporte femenino, ellas abrieron un camino irreversible. Hoy el país entero sabe sus nombres, las reconoce y las aplaude de pie.
Brasil nunca olvidara lo que sufrieron de manos de las jugadoras colombianas, Gracias mis niñas, nos permitieron por tres horas olvidar tantas cosas malas que suceden ene l país y nos permitieron unirnos tras el color de nuestra bandera.



