- Debate presidencial en Cartagena expone el choque de modelos políticos en Colombia: ¿ruptura o continuidad en 2026?
Durante el Congreso Nacional de Marketing Político (CNMP 2025), cinco precandidatos presidenciales confrontaron visiones opuestas sobre el futuro del país en un escenario marcado por la polarización, la desconfianza institucional y la urgencia por recuperar la seguridad.
Entre la brisa costera de Bocagrande y el eco de discursos de poder, Cartagena se convirtió en el epicentro del debate político que comienza a marcar el pulso de las elecciones presidenciales de 2026. En el marco del Congreso Nacional de Marketing Político (CNMP 2025), organizado por la Asociación Nacional de Consultores Políticos (ASOCOPOL), cinco figuras que aspiran a gobernar Colombia se enfrentaron en un escenario cargado de tensiones ideológicas, urgencias sociales y estrategias de seducción electoral.
El evento no solo reunió a candidatos, sino también a estrategas políticos, académicos, consultores de campañas y periodistas que analizaron palabra por palabra lo dicho en el Hotel Almirante. Un auditorio lleno, expectante y técnico presenció lo que podría considerarse el primer cara a cara serio del periodo preelectoral.
El debate dejó en evidencia dos caminos diametralmente opuestos: uno que plantea una ruptura drástica con el actual gobierno de Gustavo Petro, y otro que defiende, con matices, una continuación reformada de su proyecto político.
María Fernanda Cabal, del Centro Democrático, no se anduvo con rodeos. Propuso desmontar decretos que, según ella, “atentan contra la propiedad privada” y prometió restaurar la figura del Estado fuerte mediante el “rescate de la Fuerza Pública”, dejando en claro que la seguridad será su bandera.
En el otro extremo, Carolina Corcho, cercana al Pacto Histórico, defendió el legado de Petro al insistir en la urgencia de una reforma agraria, salud universal sin restricciones y una presencia estatal transformadora en territorios olvidados. Su visión busca ampliar los derechos sin desmantelar las estructuras actuales, sino profundizarlas.
Camilo Romero, con un tono conciliador y un discurso sobre transparencia y participación ciudadana, se posicionó como una alternativa crítica pero no rupturista. Reivindicó su gestión en Nariño como modelo de gobierno abierto.
Mientras tanto, Daniel Palacios y Juan Daniel Oviedo buscaron presentarse como administradores técnicos del caos. El primero, con una narrativa de urgencia y restauración del orden, afirmó que Colombia “vive un desastre institucional”. El segundo, Oviedo, estructuró su discurso en torno a la eficiencia estatal y la articulación de políticas de seguridad con inteligencia económica, apostando por una visión más técnica que ideológica.
La inseguridad fue, sin duda, el eje transversal del debate. Cabal y Palacios propusieron un retorno al lenguaje duro contra el crimen. “Se acabó el romance con los delincuentes”, sentenció Palacios. Oviedo, por su parte, introdujo una mirada más estructural, conectando seguridad con inversión y desarrollo.
Corcho habló de Medellín y sus estructuras criminales como una realidad tangible que exige “resocialización con verdad y presencia del Estado”. Romero, en cambio, propuso una reconstrucción del aparato institucional, cuestionando la efectividad del enfoque represivo tradicional.
La divergencia fue profunda: para unos, el Estado debe endurecerse; para otros, debe reconfigurarse desde el diálogo, sin perder el control del orden.
Entre conferencias y pasillos, una declaración del exasesor de Donald Trump, presente como invitado internacional, encendió los ánimos: “Petro y su gente perderán en estas elecciones”. La frase, cargada de simbolismo y provocación, fue interpretada por algunos como predicción electoral y por otros como injerencia política.
Más allá de la anécdota, el momento dejó claro que el CNMP 2025 fue mucho más que un congreso académico: fue una batalla de relatos. Los candidatos no solo hablaron entre ellos, sino que midieron el termómetro de sus ideas frente a una audiencia influyente, capaz de viralizar, asesorar y construir percepción pública.
La elección de Cartagena como sede del congreso no fue casual. La ciudad, marcada por desigualdades sociales, belleza turística y peso electoral en la Costa Caribe, se transforma en un laboratorio político. Allí se cruzan las promesas de desarrollo con las de justicia social; el marketing político con la crudeza de la realidad; la ilusión del cambio con la nostalgia del orden perdido.
La pregunta que queda flotando tras el evento no es quién ganó el debate, sino qué tipo de país quieren los colombianos: ¿uno que mire hacia atrás para corregir o uno que siga caminando en medio de la incertidumbre, apostando por consolidar un cambio en construcción?.



