El anuncio del lanzamiento oficial de las Fiestas de Independencia este miércoles 6 de agosto ha despertado nuevamente el entusiasmo en torno a uno de los eventos culturales más esperados por los cartageneros. Esta vez, la administración distrital celebró la llegada de la viceministra de Cultura, Saia Vergara Jaime, al Consejo de Gobierno, con la promesa de una ruta concreta de apoyo a las expresiones tradicionales de la ciudad.
Sin embargo, más allá del discurso institucional cargado de palabras como “patrimonio vivo”, “proyección nacional” y “dignificación”, surgen preguntas inevitables: ¿Qué tanto de este respaldo se traducirá en recursos reales para las comunidades que dan vida a estas manifestaciones?, ¿Qué espacio se dará al verdadero sentir popular, y no solo a los desfiles oficiales?
Mientras se habla de “memoria, cultura e identidad”, en los barrios todavía hay dudas sobre la participación efectiva de los colectivos culturales y sobre si esta “articulación” con el Gobierno Nacional será más que una foto protocolaria. En años anteriores, muchas agrupaciones han denunciado falta de financiación, demoras en los pagos y poca claridad en la organización de las actividades.
La champeta, los «Ángeles Somos», los barrios históricos como Getsemaní y las agrupaciones folclóricas son, sin duda, el corazón de las festividades. Pero si no se garantizan condiciones dignas para quienes mantienen vivas estas tradiciones, la fiesta corre el riesgo de convertirse en un espectáculo decorativo para el turismo y no en una verdadera celebración de la historia y la resistencia del pueblo cartagenero.
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Cartagena necesita unas fiestas con sentido, sí, pero también con equidad, participación y transparencia. Celebrar la independencia no puede ser solo una puesta en escena: debe ser, sobre todo, una oportunidad para empoderar a quienes, año tras año, cargan con el peso de mantener viva la cultura mientras otros se llevan los aplausos.



