En los últimos años, hemos visto cómo marcas, campañas políticas e incluso instituciones públicas caen en el espejismo de Instagram. Con la promesa de “visibilidad”, muchos concentran su pauta en esta red social, convencidos de que los likes, las vistas y los seguidores lo son todo. Pero no hay error más ingenuo —y costoso— que es confundir lo visual con lo estratégico.
Instagram puede ser útil como herramienta de difusión rápida, pero jamás reemplaza la estructura, el archivo ni la profundidad que ofrece un medio digital informativo. Creer que una historia de 15 segundos o un reel de 30 basta para explicar una política pública, una inversión millonaria o una rendición de cuentas, es subestimar a la ciudadanía.
Peor aún: muchas de estas campañas terminan en manos de “influencers” que no tienen formación, ni rigor, ni siquiera un vínculo real con la comunidad. Algunos de ellos, lo sabemos todos, compran seguidores y likes en plataformas falsas para inflar su alcance y cobrar tarifas injustificadas. Esos números, que deslumbran a quienes no conocen del tema, no representan interacción real ni mucho menos impacto informativo.
La pauta institucional —que se paga con dinero público— debe ir más allá de lo superficial. Tiene que construir confianza, informar con contexto y dejar huella. Nada de eso se logra en una publicación efímera que desaparece en 24 horas. La gente no solo quiere ver; quiere entender.
Los medios digitales serios ofrecen algo que Instagram nunca podrá dar: permanencia, análisis, trazabilidad, posicionamiento en buscadores y control del mensaje. Una nota bien escrita puede ser leída hoy, mañana o dentro de un mes. Puede ser citada, compartida, buscada en Google. En cambio, una historia de Instagram solo existe por un instante… y luego desaparece.
¿Vale la pena entonces seguir apostando todo al brillo de una plataforma diseñada para el entretenimiento? ¿No es más sensato diversificar, invertir en medios con trayectoria, con archivo, con periodismo?
Comunicar es más que publicar. Es conectar con la gente de verdad, no con bots comprados. La pregunta que queda para quienes manejan presupuestos de comunicación institucional es clara: ¿quieren resultados reales o solo una ilusión digital?



