Cada año, el 7 de agosto nos convoca a la memoria, la gratitud y el reconocimiento. Esta fecha no solo conmemora el aniversario de la Batalla de Boyacá, acontecimiento clave en la gesta independentista que selló el destino de Colombia como república libre y soberana, sino que también está consagrada para exaltar la existencia, el valor y la historia de nuestro glorioso Ejército Nacional.
Hace más de dos siglos, un grupo de patriotas valientes y decididos, liderados por Simón Bolívar, libró una de las batallas más significativas de nuestra historia. Allí, en el Puente de Boyacá, no solo se enfrentaron dos ejércitos, sino dos visiones de futuro: la opresión colonial frente a la esperanza de libertad. Aquellos hombres no pelearon por reconocimiento ni recompensa; lucharon por el sueño de una patria libre. Muchos de ellos entregaron su vida con la mirada fija en un ideal que aún no existía, pero que hoy es nuestra realidad.
Esos héroes anónimos, de rostros ya olvidados por la historia oficial, fueron el germen de un Ejército que nació antes que la República. Fueron los primeros defensores de la soberanía, cuando aún no existían Constitución ni instituciones formales. Por eso, con justicia y verdad podemos decir: primero fue Ejército que República.
Desde entonces, el Ejército Nacional ha acompañado cada momento decisivo de nuestra historia. Ha estado presente en la defensa de nuestras fronteras, en la protección del orden constitucional y en las luchas contra las múltiples amenazas que han atentado contra la paz y la democracia. En cada rincón de Colombia —desde las selvas del sur hasta las cumbres nevadas del norte— siempre hay un soldado de la patria: firme, silencioso, entregado.
Hoy, cuando atravesamos tiempos difíciles y divisiones profundas, es más necesario que nunca recordar la labor heroica y constante de quienes visten el uniforme camuflado. Soldados que, en su mayoría, provienen de hogares humildes, con sueños modestos pero con una voluntad férrea de servir. Hombres y mujeres que, a pesar de la distancia, el frío, el peligro y el olvido, permanecen leales a su juramento.
Lamentablemente, en el presente asistimos a una paradoja dolorosa: mientras los enemigos de la nación intentan borrar nuestros valores fundacionales, quienes deberían honrar al Ejército a veces lo ignoran, e incluso lo desprecian. Hay un desdén institucional que se siente como traición para quienes ofrendan su vida por esta bandera. Pero el soldado colombiano, formado en la escuela del sacrificio, no claudica. Resiste. Sirve. Protege.
No podemos, como sociedad, permitir que se desdibuje el papel del Ejército Nacional en la construcción y preservación de la República. No se trata de idealizar ni de negar errores del pasado, sino de reconocer la esencia de su misión: la defensa de la patria por encima de cualquier interés político o particular. Porque el Ejército no pertenece a un gobierno: pertenece al pueblo colombiano.
Este 7 de agosto, rendimos homenaje a todos los héroes que lucharon por nuestra independencia y a los soldados de hoy, hombres y mujeres que mantienen viva la llama del deber. A quienes, bajo el sol inclemente o la lluvia interminable, velan por nosotros sin pedir nada a cambio. A los que no aparecen en titulares ni reciben condecoraciones, pero que cada día dan ejemplo de patriotismo y honor.
Que esta fecha no pase desapercibida entre discursos obligados, vacíos o la indiferencia oficial. Que sea un momento de reflexión nacional, de reencuentro con nuestros valores y de compromiso con quienes han hecho posible nuestra libertad.
Porque antes de que existiera un Congreso, un presidente o una Constitución, ya existían soldados. Ya existía un Ejército dispuesto a darlo todo por un país que apenas se gestaba en sueños. Primero fue Ejército que República.



