- Por: Euclides Castro Vitola
Recoge la historia que, cuando la archireconocida espía Mata Hari se encontraba frente al batallón de ejecución francés, se negó a usar el pañuelo que tradicionalmente cubría los ojos de los fusilados. La exbailarina murió tal y como había vivido: mirando fijamente a los ojos de la muerte.
Y es que, sin duda, ante las atrocidades del mundo, exaltadas ideológicamente como los modernos cánones que fijan una nueva tabla de valores, vivir es más fácil con los ojos cerrados. Sin enfrentar a nada ni a nadie, para pasar de puntitas sobre un mundo complejo, lleno de capas, niveles, órdenes, estratos invisibles; límites dictados por pocas personas con compromisos de difícil coincidencia frente a los intereses de la mayoría. Para vivir tranquilos solo hay que dejarse arrastrar por la ola de moda, abandonar el hábito de informarse, sustituyendo a los periodistas por opinadores rémoras y dejando que tus nuevos argumentos quepan en un meme compartido por tus tíos en el chat familiar.
Una alternativa viable sería abandonar las expectativas ajenas para poder cumplir las propias. Que el impulso vital, el combustible, sean las capacidades, el compromiso y la acción. De tal forma que, en lugar de gastar la vida anhelando-en-silencio-que-un-salvador/a-con-poderes-telepáticos-descubra-los-asombrosos-talentos-ocultos-tras-las-excusas, sean las propias habilidades y la gracia divina —si se cree— o la suerte —cuando se cree, pero no se acepta— las únicas que participen en la construcción y consolidación del individuo, de la persona. “Buscar su destino” se llamaría la película de domingo por la tarde. O simplemente “Rebeldía”, por economía del lenguaje.
Y se es rebelde al usar las camisas coloridas que tomamos como propias en el Caribe colombiano, porque, debido a su origen africano en una ciudad de negros libertos, vestirlas denotaba origen popular, mientras que connotaba pobreza, hambre y necesidad. Tres amigos incómodos en una ciudad empobrecida, pero con la dignidad del que esconde el hueco en su zapato manteniendo firmemente los pies en el suelo. Se puede ser pobre siempre y cuando no lo parezcas. No hay que juzgar: los colonialismos mentales imperan con fuerza tanto en 1970 como en 2025.
De las muchas cosas negativas que le podrían ocurrir a un rebelde, se destaca por lejos el tener que cumplir un deber general, amplio, común. Uno donde el genio creativo se marchite. Pasar por el aro de la formalidad. A pesar de acumular un año completo asistiendo religiosamente a la cabina de Napoleón, quien junto a Melanio dejó tal huella en Cartagena y Bolívar desde su trabajo periodístico que alcanzó la gloria de hacer sobrar sus apellidos al ser referenciados; el Dr. Baena padre consulta a su hijo acerca de la inexplicable decisión de escoger la carrera de Derecho en la UdC en lugar de la honorable Medicina, si admiraba tanto su labor. Aunque se intuya el carácter rebelde, en realidad lo que escondía era la certeza de mayor tiempo libre frente a la absorbente carrera de su padre.
Ahora podría darle contentillo al preocupado progenitor, a la par que seguir cumpliendo con su ritual de preparar, durante la noche anterior, las notas con los resultados de los partidos más importantes de la liga de béisbol de Estados Unidos, así como de Cuba y Dominicana. Lo mismo con el boxeo y el fútbol, un deporte de gusto creciente que se jugaba con los pies. Frenético, sin pausas, en contraposición al juego de pelota caliente, donde narradores, comentaristas y afición disfrutaban de la cadencia estratégica y sosegada de los entrenadores en un diamante convertido en un gran templo, donde padres y madres religiosamente llevaban a sus hijos a aprender valores deportivos aplicables a la vida diaria.
Durante una de las épocas más gloriosas del béisbol, al joven Eugenio Baena Calvo lo relegaron a cubrir un deporte que se jugaba solo con los pies, decían sus más férreos críticos, que no entendían la intromisión diaria de aquel joven impetuoso con más ganas que voz radial para hablar de patadas, codazos o cabezazos.
—Acepté sin dudarlo, no me molesté, no me amargué; al contrario, pensé en que por fin tenía la oportunidad que estaba buscando —me contaría alguna vez—.
Como si, en la mejor época de Cristiano Ronaldo y Messi, a un aspirante a narrador de balompié lo enviaran a cubrir ciclismo. La anécdota hoy parece increíble a la vista de la omnipresencia del fútbol en todas las esferas, pero por eso no hay que olvidar que el tiempo borra los contextos y relativiza méritos. Sabía que no tendría la más mínima oportunidad de hablar de los resultados principales en “Aquí los deportes” de Napo, pero igual debía prepararlos meticulosamente.
Quizás esta fue la semilla de la firme disciplina que lo hacía levantarse diariamente a grabar Buenos Días Deportes después de 40 años, en una rutina que no aburría ni a él ni a sus oyentes caracoleros, que ya se contaban entre la tercera generación.
Pero todavía es 1971 y Eugenio tiene que decir “Baena Calvo” al presentarse, y consume tres de los sesenta segundos que este adolescente logró conseguir en territorio de gigantes sin tener que pararse sobre los hombros de ninguno. La chispa en su corazón se convirtió en una hoguera incombustible que solo se apagaría porque es el precio que hay que cubrir para poder entrar al Olimpo.
En los siguientes años, Eugenio Baena sonaría cada mañana hasta en los radios apagados durante décadas. Una “manta”, según el argot. Sonaba bajito en Bocagrande, en el consultorio del Dr. Camacho, mientras tronaba a todo volumen en el Campestre, en las casas de Jorge Jaller, Jorge García, Manuel del Toro o Mirna Alvear, viuda del beisbolista Remberto Cuadro. También sonaba en la casa de Juancho y Herlinda, en el Boston del Pie de la Popa pa’llá, no el de Massachusetts.
Siendo una celebridad regional, dio el gran salto rodando por el país y el mundo entero, juntando su talento al de La Chechi y teniendo la dicha inconmensurable de narrarle a Colombia entera los triunfos de su hija, vistiendo el tricolor nacional, en la cima de todos los podios por donde desfilaban, y al unísono llorábamos de alegría por las emociones que esa garganta nos transmitía. Un honor así solo le está reservado a unos pocos elegidos a lo largo de la historia, aunque ya las Moiras habían tejido el hilo que lo conectó con el destino de otro inesperado grande como Pambelé, que alcanzaría para un libro entero solo de anécdotas graciosas.
La última vez que nos vimos fue hace tres semanas, en el Centro Histórico, donde hablamos de Buenos Días Deportes y de lo bien que le estaba yendo en su nueva etapa virtual. Mientras lo escuchaba, no podía dejar de pensar en que Eugenio había sido un rebelde hasta en su relación con el tiempo. Se las había arreglado para que, aunque siguiera cumpliendo años, su capacidad de asombro, su alegría y su espontaneidad se mantuvieran intactas, como aquel día a finales de los años 50 cuando descubrió que, en cada una de sus fantasías infantiles, estaba la voz de la radio que lo inundaba todo a través de mecanismos que desconocía y que la acercaban más a la magia que a la ciencia, y él había caído hechizado de por vida.
A Jinete, Chechi, Maru y al resto de la familia.



