La muerte del senador y precandidato Miguel Uribe Turbay ha sacudido a Colombia y ha vuelto a abrir una herida que creíamos, o deseábamos, superada: la violencia política como método y la facilidad con la que la retórica pública puede incendiar sensibilidades en una región ya demasiado encendida.
El 7 de junio, Uribe fue víctima de un atentado durante un acto de campaña en Fontibón; permaneció hospitalizado durante más de dos meses hasta que falleció este 11 de agosto, dejando no solo una familia destrozada sino una nación que vuelve a preguntarse si la vida política en Colombia es ya sinónimo de riesgo mortal.
En esas horas de duelo, cuando la prudencia y la discreción diplomática deberían prevalecer, circuló en redes sociales (y fue amplificada por cuentas de distinto signo) una frase atribuida a la presidenta de México: “pues eso es bueno para Colombia: un político menos de qué preocuparse” (o versiones similares).
Es necesario dejar algo claro desde el inicio: esa afirmación, que ha encendido la indignación pública, aparece por ahora en videos y posteos virales y no ha sido confirmada por voceros oficiales ni por agencias internacionales de primera línea. (hay video).
Ante una acusación de semejante gravedad es responsable exigir pruebas y contexto; la difusión sin verificación, en cambio, copia y multiplica el daño. Al mismo tiempo, la sola circulación de esa frase obliga a una reflexión: ¿qué tipo de liderazgo internacional normaliza la celebración de muertes políticas ajenas o se muestra indiferente ante ellas?
La cronología importa porque revela el tempo de la política y de la diplomacia en estos días. Junio 7: atentado en parque El Golfito; junio–agosto: semanas de hospitalización y cirugías, investigación policial que detiene a varios sospechosos; agosto 11: fallecimiento y oleada de reacciones nacionales e internacionales (desde mandatarios hasta organizaciones internacionales) reclamando justicia y seguridad para la campaña electoral.
Entre esas reacciones, el presidente colombiano Gustavo Petro y otros funcionarios del Estado sí hicieron pronunciamientos sosos e hipócritas donde rasgan sus vestiduras condenando el hecho y expresando condolencias,. El problema real no es, entonces, la ausencia de respuesta oficial, sino la calidad de las respuestas: ¿mensajes de condena y lamento son suficientes frente a una violencia que apunta a la esencia misma de la competencia democrática?
Si la presidenta de México emitió efectivamente una frase despectiva ante la muerte de un político colombiano, no sería un exabrupto aislado: sería un síntoma peligroso de la trivialización del crimen político en la retórica pública. Y si, por el contrario, esa frase es mentira o manipulación, el episodio deja otra enseñanza: la facilidad con la que la desinformación puede erosionar relaciones diplomáticas y encender una crisis entre Estados hermanos. En los dos escenarios, la responsabilidad recae en el grado de rigor de nuestros medios, en la prudencia de los líderes y en la madurez del debate público.
¿Hacia dónde nos conduce esto de cara a la campaña del 2026? A una sombra de callejón: o normalizamos la violencia y la rabia como combustible electoral, o revalidamos la política como espacio de argumentos y propuestas. La muerte de un candidato debería impulsar reformas urgentes: protección real para los aspirantes, investigaciones transparentes que lleguen al autor intelectual, y un compromiso internacional serio para no permitir que la violencia desfigure las contiendas democráticas. Si la diplomacia se reduce a intercambios de tuits incendiarios o a la celebración de muertes ajenas, hemos perdido la brújula civilizatoria que exige cuidar la vida humana por encima de las discrepancias ideológicas.
En el balance final, conviene ser categóricos pero cautos: condenar sin ambigüedad toda celebración de la muerte ajena; exigir a los gobiernos pruebas y explicaciones cuando circulan acusaciones graves; y recordar que la calidad de una democracia se mide tanto por la capacidad de proteger a quienes compiten por el voto como por la contención de los discursos que incitan al odio.
Si hubo, en verdad, una voz que celebró la desaparición de un rival político, que sea investigada y explicada. Y si no la hubo, que sirva la amenaza viral como espejo de lo que no debemos permitir: que la política sea un crimen más o que la opinión se transforme en arma de destrucción masiva del tejido civil. Colombia merece, y necesita, algo mejor.



