En el corazón cálido y resiliente del barrio Olaya, en la puntilla de Cartagena de Indias, nació un niño que más tarde se convertiría en héroe. Fue un 6 de abril de 1967 cuando el hogar humilde de Felipe Mármol y Sara Cueto recibió a Sixto Mármol Cueto, el tercero de cinco hijos, criado entre carencias materiales, pero rodeado de valores férreos y amor incondicional.
La vida en su barrio no fue fácil, pero allí, entre calles polvorientas y el esfuerzo constante de una familia luchadora, Sixto aprendió el valor del trabajo, la solidaridad y el respeto. Su niñez y juventud fueron marcadas por la escasez, sí, pero también por los sueños. En cada esquina del barrio, en cada jornada escolar en el Liceo Bolívar del barrio Torices, se fue forjando el carácter de un joven distinto: noble, decidido, con la mirada puesta en algo más grande.
Cuando terminó su bachillerato, no buscó descanso. Fue entonces que el azul del mar cartagenero le habló con la voz de un destino que ya estaba trazado: servir a su Patria. Con apenas 19 años, el 30 de enero de 1987, se presentó voluntario para prestar su servicio militar en la Armada Nacional, en el Batallón Fluvial de Infantería de Marina en Turbo, Antioquia. Allí empezó una historia que hoy, tres décadas después, aún conmueve.
Fue en medio del rigor del servicio donde descubrió que su vocación no era pasajera: era un llamado del alma. Decidió continuar como soldado voluntario, y con disciplina, coraje y entrega, se destacó en unidades de Infantería de Marina en Buenaventura, Coveñas y Corozal, lugares donde dejó huella como un infante valiente, inteligente y profundamente comprometido.
En Corozal, no solo se destacó en el campo militar. Allí también encontró el amor. Se unió a Herlinda Verbel, la mujer que fue su compañera de vida y madre de su único hijo. Una familia que se construía entre la incertidumbre de un país en conflicto y la esperanza de una vida digna.
Su desempeño intachable le valió la Medalla de Servicios Distinguidos en Orden Público —otorgada no una, sino dos veces— y la Medalla de la Infantería de Marina, honores que reconocían su valentía, pero que no alcanzaban a dimensionar del todo la nobleza de su corazón.
- El último viaje
La tragedia llegó un 28 de agosto de 1995. En plena ofensiva del conflicto armado, cuando los frentes 35 y 37 de las FARC amenazaban la paz de los Montes de María, Sixto fue llamado a cumplir una misión humanitaria. Acompañaba como conductor y escolta al entonces Teniente Coronel Alfredo Persand Barnes en una operación de rescate de un ganadero amenazado por los violentos.
El camino los llevó hasta El Salado, Bolívar. Pero allí, en esa tierra fértil y dolida, la emboscada fue brutal: ráfagas de fusil, granadas, explosivos. En un acto de sevicia, fueron asesinados y vilmente incinerados junto al vehículo. El fuego no solo apagó sus vidas, sino que dejó una cicatriz profunda en la historia del país.
La noticia llegó como un puñal al corazón de su familia. Herlinda quedó viuda, su hijo sin padre. Y la nación, sin uno de sus valientes.
- El legado de un héroe
Treinta años después, la Infantería de Marina honra su memoria como merece. En un acto lleno de simbolismo y justicia, la base militar ubicada en el cerro La Pita, en jurisdicción de El Carmen de Bolívar, ha sido nombrada en su honor: Base Militar Cabo Segundo de Infantería de Marina Sixto Mármol Cueto.
Este no es solo un homenaje institucional. Es un gesto de memoria viva, de agradecimiento eterno, de lección imborrable para las nuevas generaciones de Infantes de Marina. Desde ahora, cada señal emitida desde el cerro llevará consigo el eco de su entrega, el rugido silencioso de su coraje, el mensaje firme de que la libertad no es gratis, y que existen hombres como Sixto que la han pagado con su vida, porque mientras haya memoria, habrá gratitud y mientras haya Patria, habrá Infantes como él. Honor y gloria a los héroes, porque nunca los olvidaremos.



