El periodismo incómodo está siendo reemplazado por propaganda, pauta oficial y un ejército de influencers que van como caballos cocheros.
En Colombia, el periodismo crítico no está muriendo: lo están matando. Lo más alarmante es que sucede frente a todos… y casi nadie lo nota, ni lo denuncia. La libertad de prensa se menciona como un símbolo democrático, pero en la práctica, se pisotea con contratos, publicidad y amenazas. Detrás de los micrófonos, las cámaras y las columnas de opinión ya no hay periodismo: hay relaciones públicas al servicio del poder.
Lo que alguna vez fue un oficio incómodo, hoy es una labor tercerizada. Ya no es necesario censurar periodistas: basta con convertirlos en contratistas. La famosa OPS (Orden de Prestación de Servicios) se ha vuelto el nuevo bozal. Un periodista con contrato estatal difícilmente denunciará al que le paga. Así de directo. Así de sucio.
A los medios ya no se los controla con amenazas explícitas: se les domina con dinero. Desde alcaldías hasta gobernaciones, el libreto es claro:
- ¿Un medio molesta? Se le silencia con publicidad oficial.
- ¿Un periodista incomoda? Se le domestica con una contratación directa.
Y cuando el dinero no logra comprar el silencio, aparece el método antiguo: la amenaza velada. “Bájale el tono.” “Piensa en tu seguridad.” Lo sabemos quienes aún nos atrevemos a incomodar. Lo saben quienes están vetados por hacer periodismo real.
Hoy, muchos de los que antes fiscalizaban están al servicio del poder. Manejan redes sociales de políticos, limpian su imagen en noticieros nacionales que les tragan cuento y disfrazan propaganda de información, esos cobran en cuerpo ajeno. Los reportajes ya no investigan: alinean, ocultan, maquillan. Ya no importa lo que se cuenta, importa a quién se le rinde cuentas.
- Influencers: cuando la ignorancia se vuelve rentable
En este ecosistema manipulado, el periodista crítico ha sido reemplazado por el influencer funcional. No saben contrastar fuentes, nunca han leído un presupuesto público, no entienden el cumplimiento de un programa de gobierno y sin embargo, cobran como expertos por publicar historias disfrazadas de opinión.
Posan con políticos, asisten a todo tipo de eventos donde hay licor y comida, y venden humo como si fueran profesionales de la comunicación. Sus métricas infladas con bots y likes comprados deslumbran a quienes no entienden de comunicación digital, pero detrás de ese número no hay impacto real.
A las nuevas generaciones: esto no es periodismo
- Ser periodista no es posar para Instagram.
- No es cubrir eventos ni repetir boletines.
- Es tener el coraje de incomodar.
Si publicas solo lo que te aprueban, si temes molestar al poder, no eres periodista: eres un relacionista público.
- ¿Visibilidad o profundidad? El espejismo de Instagram
Cada vez más instituciones apuestan su pauta institucional a Instagram como si los likes fueran sinónimo de impacto. Error. Instagram es visual, sí, pero efímero y superficial. Una historia desaparece en 24 horas. Un reportaje serio permanece, se indexa en buscadores, y se convierte en archivo vivo.
La gente no solo quiere ver. Quiere entender. Porque detrás de cada cifra maquillada, de cada promesa en rueda de prensa, de cada foto y video bien encuadrado, hay una verdad que alguien intenta ocultar. Y solo el periodismo riguroso —el que investiga, contrasta y se planta frente al poder— puede revelarla.
La pauta institucional debe informar con contexto, dejar huella y generar confianza. Eso no se logra con un reel, sino con periodismo riguroso, con archivo, con contraste, con conciencia.
La corrupción avanza cuando nadie la vigila y hoy, muchos de los llamados «periodistas» están demasiado ocupados obedeciendo, cobrando y posando. Aquí no hay nombres, pero hay verdades porque mientras unos celebran contratos, otros siguen haciendo periodismo de verdad: sin patrocinio, sin micrófono oficial y con la única bandera que vale: la verdad.



