La desaparición de Valeria Afanador, la niña de 10 años vista por última vez en su colegio el 12 de agosto, parecía un caso sin respuestas. Tras 18 días de búsqueda incesante, su cuerpo fue encontrado flotando en el río Frío, a apenas 300 metros de la institución educativa. Sin embargo, lejos de dar claridad, el hallazgo abrió un nuevo abanico de dudas: ¿cómo llegó hasta allí? ¿Por qué no había sido detectada antes, si la zona fue rastreada en múltiples ocasiones?
El misterio comienza con la contundente afirmación del capitán Álvaro Farfán, comandante del cuerpo de Bomberos de Cundinamarca: “Más de 20 veces pasamos por este sitio. El último día fue el miércoles, incluso con drones y perros entrenados. Allí no había nada”. Esta declaración coincide con lo señalado por el gobernador Jorge Emilio Rey, quien calificó como “improbable” que el cuerpo hubiese permanecido en el lugar desde el día de la desaparición.
El área donde apareció Valeria no es de difícil acceso: está rodeada de viviendas, cuenta con vías cercanas y es frecuentada por turistas. Además, el río Frío en ese sector no presenta caudales fuertes ni profundidades significativas. Entonces, ¿cómo se explica que un cuerpo no fuese detectado en un barrido milimétrico realizado por casi 400 personas, entre ellos buzos especializados y drones con cámaras térmicas?
La propia alcaldesa de Cajicá, Fabiola Jácome, confirmó que la alerta ciudadana que permitió el hallazgo se produjo a las 3:13 p.m. de este viernes, cuando un habitante de Fagua vio lo que parecía ser un cuerpo en el agua. Minutos después, los bomberos corroboraron que correspondía a una menor con las características de Valeria.
Otra incógnita inquietante: apenas 48 horas antes se había efectuado la última revisión en ese mismo punto, sin resultados. ¿Fue depositado allí el cuerpo recientemente? ¿Quién y cómo pudo hacerlo sin ser detectado en una zona vigilada durante días?
Mientras las autoridades insisten en que Medicina Legal deberá determinar las circunstancias exactas de la muerte, las preguntas superan a las respuestas. El despliegue de más de 1.200 horas de vuelo con drones, recorridos centímetro a centímetro con buzos y el acompañamiento permanente de los padres de Valeria hacen que el hallazgo resulte aún más desconcertante.
Lo único cierto, por ahora, es que el caso que estremeció a Cajicá y a todo el país entra en una fase marcada por el misterio. Cada detalle abre un nuevo interrogante y cada respuesta parece acercar más a la conclusión de que Valeria no estuvo todo este tiempo en el lugar donde finalmente fue encontrada.



