ya son tres… y quién sabe si vengan más. Así puede resumirse el capítulo de las reformas tributarias en este gobierno del “cambio”, que prometió no tocar el bolsillo de los colombianos, que juró no repetir la historia de sus antecesores y que, al final, terminó haciendo lo mismo, solo que con mayor arrogancia. Porque el presidente Gustavo Petro aseguró en campaña que no impondría más cargas impositivas, que bastaría con combatir la evasión y redistribuir de manera justa los recursos del Estado. Pero la realidad (siempre tozuda) se impuso: hoy llevamos tres reformas tributarias en menos de tres años de mandato, cada una más pesada y más confusa que la anterior.
El problema no es solo el incumplimiento de una promesa de campaña. Eso, al fin y al cabo, en Colombia ya es paisaje: los presidentes dicen una cosa para ganar elecciones y hacen lo contrario cuando llegan a la Casa de Nariño. El verdadero problema radica en que estas reformas han caído sobre los hombros de los ciudadanos de a pie, de la clase media exprimida hasta la última gota, de los empresarios que cada día encuentran menos incentivos para invertir, y de los trabajadores que ven cómo su salario alcanza para menos mientras el gobierno sigue hablando de “justicia social”.
La primera reforma se presentó con bombos y platillos como la gran solución para financiar la “paz total” y los programas sociales. La segunda vino disfrazada de ajustes necesarios para tapar huecos fiscales. Y la tercera, la más reciente, llegó casi en silencio, como quien pide perdón de antemano porque sabe que está metiendo la mano en un bolsillo ya vacío. Tres golpes seguidos en menos de treinta meses. ¿Ese es el cambio prometido? Si lo era, debieron advertirnos que el cambio consistía en pasar de sobrevivir a rasguñar lo poco que queda en la billetera.
No nos digamos mentiras: este gobierno ha sido un fiasco absoluto. No hay área en la que pueda mostrar resultados positivos. En seguridad, el país se encuentra sumido en una crisis sin precedentes: los grupos terroristas han ganado terreno, el secuestro y la extorsión regresaron como flagelos diarios y las Fuerzas Armadas están desmotivadas, con oficiales que prefieren retirarse antes que ver cómo su sacrificio se desperdicia en el altar de la llamada “paz total”. En economía, la inflación ha golpeado con fuerza, el desempleo juvenil se mantiene alto y la inversión extranjera huye en estampida ante la falta de confianza.
El sistema de salud atraviesa un colapso anunciado, con EPS al borde del abismo y hospitales que ya no pueden atender a sus pacientes. En materia social, la pobreza multidimensional aumenta, las promesas de equidad se deshacen en discursos y la desigualdad sigue campante. Y qué decir de la diplomacia: un presidente que se pelea con países vecinos, que convierte a Colombia en el bufón de la región, que lanza acusaciones de golpes de Estado imaginarios mientras descuida lo que verdaderamente importa.
Ante semejante panorama, lo único que aparece con puntualidad suiza son las reformas tributarias. No fallan, no se atrasan, no se olvidan. Cada año, como un reloj, el ministro de Hacienda de turno anuncia ajustes, alzas, recargos y nuevos tributos. Y el Congreso, sumiso, termina aprobándolos entre acuerdos políticos, prebendas burocráticas y discursos adornados de justicia social. Pero la justicia social no se decreta vaciando el bolsillo del trabajador honesto, sino generando oportunidades, fomentando la inversión y creando condiciones reales para el desarrollo.
El sarcasmo se impone: al menos el presidente Petro sí cumplió con algo, aunque no fuera lo que prometió. No cumplió con la paz, no cumplió con la seguridad, no cumplió con la equidad, pero sí cumplió con su capacidad de hacer reformas tributarias en serie. Si en campaña dijo que no lo haría, en la práctica nos demostró que en esto sí aplica la lógica inversa: cuanto más lo niega, más lo hace.
Hoy Colombia está algarete, sin rumbo, sin timonel, sin un horizonte claro. Gobernado por la improvisación, los discursos interminables y las cortinas de humo, los ciudadanos apenas alcanzamos a darnos cuenta de que lo único seguro son más impuestos. El resto es incertidumbre, crisis y desgobierno.
Al final, la historia se repetirá: cuando termine este mandato, los analistas dirán que fue el peor gobierno de los últimos treinta años, y no habrá exageración alguna. Porque no solo dejó al país más pobre, más inseguro y más dividido, sino que además nos acostumbró a vivir entre reformas tributarias que no solucionaron nada.
Así que, conociendo al “presidente del cambio”, no sería raro que la cuarta reforma ya se este cocinando. Después de todo, en este gobierno lo único que sobra son las promesas incumplidas y los impuestos cumplidos.



