El alcalde Yahir Fernando Acuña Cardales parece haber cumplido una de sus promesas: las busetas ya ruedan por las calles de Sincelejo. Su puesta en marcha llegó con bombo y platillos, cámaras y comunicados oficiales que hablaron de modernidad, inclusión y hasta gratuidad para ciertos sectores de la población. ¿Un hito para la ciudad? Tal vez. ¿Un punto de inflexión en la historia del transporte público? Como solemos decir los costeños: amanecerá y veremos.
Según los anuncios oficiales, el sistema inició con 15 unidades climatizadas, equipadas con cámaras de seguridad, botones de pánico, pantallas, torniquetes electromecánicos y conexión wifi. En comparación con lo que la ciudad ha padecido durante décadas, se trata de un verdadero “lujo rodante”. La tarifa fue fijada en $1.500, muy por debajo de los $5.000 o más que suele cobrar un mototaxista por trayecto. Además, estudiantes, adultos mayores y mujeres gestantes pueden viajar gratis. Sobre el papel, la propuesta luce moderna, incluyente y asequible.
Sin embargo, Sincelejo no es Bogotá ni Medellín. Aquí el transporte no se mide únicamente en cifras o tecnología, sino también en confianza, costumbre y conveniencia. La gran incógnita es si los ciudadanos estarán dispuestos a esperar en un paradero, cuando ya están habituados a que una moto los recoja en la puerta de su casa y los deje exactamente en su destino. Ese servicio puerta a puerta, casi de lujo personalizado, ha mantenido al mototaxismo como el rey absoluto de la movilidad, con un reinado construido por necesidad, tolerancia oficial y hasta afinidad política. No en vano, muchos mototaxistas aún lucen camisetas con el nombre del alcalde.
La llegada de las busetas, inevitablemente, choca con este gremio que depende de la informalidad para sostener a sus familias. En redes sociales, algunos mototaxistas ya han expresado su preocupación: temen perder clientela y, con ello, ingresos. Aunque por ahora la convivencia se mantiene en calma, no sería extraño que los roces aparezcan más temprano que tarde.
Aun así, hay que reconocer que, por primera vez en años, Sincelejo cuenta con un sistema de transporte público con rutas definidas, paraderos establecidos y acompañamiento policial en cada buseta. Es un paso hacia el progreso, aunque apenas sea el inicio.
La desconfianza, sin embargo, viaja de pasajera. ¿Cuánto durará el subsidio de tarifas? ¿Se mantendrán las unidades en buen estado o acabarán, como otros proyectos, convertidas en chatarra? La historia reciente de la ciudad está llena de intentos fallidos que se desinflaron en poco tiempo.
Por ahora, corresponde agradecer —aunque sea a medias— que el transporte público vuelva a ser tema de conversación y que se piense en alternativas al mototaxi. Pero lo más difícil aún está por venir: convencer a los sincelejanos de que la buseta puede ser más que una foto para la galería y convertirse en una solución de largo aliento.
El reto no solo es económico y logístico, también cultural. La moto es veloz, la buseta requiere esperar. La moto llega a cualquier callejón, la buseta sigue una ruta. La moto ofrece un servicio casi exclusivo, la buseta es colectiva. Cambiar ese chip ciudadano será la prueba más dura.
Mientras tanto, toca celebrar con cautela. Las busetas ya están rodando, pero el éxito no se medirá en los primeros días de entusiasmo, sino en la capacidad de sostenerse y de ganarse la confianza de la gente. Si dentro de seis meses las 15 busetas siguen llenas de pasajeros, habrá motivos para aplaudir. Si no, sabremos que todo esto no fue más que una ilusión pasajera.
Por lo pronto, hay algo seguro: el reloj ya empezó a correr. Y, junto a las busetas, rueda también la paciencia de los sincelejanos.



