¿Por qué tanto empeño por parte del presidente Petro para que Estados Unidos le quite la bendición a Colombia, para que nos descertifiquen como aliado fiable en la lucha contra el narcotráfico?
Evidentemente, todo tiene una lógica: con la descertificación, llegarían recortes (quizás del 50%, según advertencias) en la ayuda militar y policial. Pero no nos alarmemos: más bien se trata de una melodiosa sinfonía para los narco-terroristas que pululan por el país. Y Petro, con esa sonrisa satisfecha, les está cumpliendo un sueño: quedarse sin un enemigo poderoso que los combata.
Colombia, otrora estrella del tablero antinarcóticos, está cerca de perder esa estrellita anual que le concede Washington por ser un aliado sólido en la guerra contra la coca.
El plazo fatal se acerca: el 15 de septiembre. Si se produce la descertificación, las consecuencias serían demoledoras: cientos de millones de dólares en cooperación, entrenamiento y equipos podrían evaporarse. Políticamente, el país también podría quedar relegado, sin voz en organismos multilaterales.
Pero no temamos: al fin y al cabo, Petro no quiere eso. Al contrario: lo ve como una oportunidad histórica. Que Trump nos castigue, que reduzca el apoyo militar, que se enfríe el epicentro de inteligencia compartida… eso sería precisamente la victoria: dejar al Estado sin herramientas para pelear, liberar el camino para los grupos armados y dejar atónitas a las Fuerzas Armadas, cuyo comandante en jefe parece más bien el aliado de los bandidos. Sí, un giro de novela: el narco-terrorismo celebraría con champaña que el aparato estatal esté desarmado, desconectado.
Porque el modelo Petro de “paz total” (ese relato edulcorado en el que negociar con los que disparan y extorsionan es sinónimo de reconciliación) pierde credibilidad si todavía hay manos que responden desde bases militares, radares y coordinación internacional. Pero si esos apoyos se esfuman, ese modelo se erige por fin como absoluto: un territorio donde impera el diálogo con fusiles y ninguna interferencia exterior.
Ya lo vimos en la entrega de extradiciones. Petro detuvo el traslado de alias “Mocho Olmedo” y de otros capos de disidencias, como muestra de buena voluntad para avanzar con su narrativa de paz, haciendo entender que la descertificación podría debilitar esa agenda “transformadora”. ¿Y si esa debilidad se extiende a las ayudas militares y de inteligencia? Pues cada atentado, cada emboscada, se convierte en un triunfo más. ¿Gobernar con la ayuda de delincuentes? Parece que la consigna es esa.
Y mientras tanto, el Uribismo y otros sectores levantan la carcajada: “¿De verdad quieren que el narco-terrorismo gane terreno porque nos quitan las botas militares?”, se preguntan. “Petro entregando soberanía al narco-terrorismo respaldado por la dictadura de Maduro”, diría Álvaro Uribe con su lírica coherente pero incisiva en redes.
Pero la pregunta del millón sigue retumbando en el aire: ¿quiere Petro realmente la descertificación? O, mejor dicho, ¿se alegra si ocurre? Cada paso que da parece señalar que sí: menos fumigación, más negociación con capos, menos presión externa. Y si los capos ríen, ¿Quiénes lloran? Las Fuerzas Armadas colombianas, que siguen bajo su mando, pero sin apoyo real: sin el entrenamiento, los radares, los muelles de inteligencia, y sin la credibilidad internacional que hoy brilla por su ausencia.
En ese país fantástico que platea Petro, “paz total” es un lema bonitista, una consigna que retumba en conferencias diplomáticas y discursos floridos, pero que en la práctica equivale a renunciar a la seguridad en manos de promesas, delegaciones y “diálogos con fusil”. Si alguna vez hubo lógica perversa en un gobierno, este es el caso: sembrar la destrucción de la seguridad para plantar el árbol ilusorio de la paz.
Un país donde descertificarse equivale a desarmarse, y donde eso se celebra como acto político. Bueno, ¿y si Petro lo logra, ¿qué será lo siguiente? ¿Reconocer realitys narco-terroristas? ¿Abrir oficinas de “paz participativa” para reivindicar a los jefes de cartel? Bromeo, claro. Pero aun así, la broma se siente peligrosa, porque detrás del sarcasmo hay una verdad brutal: si la Corte de Estados Unidos decide descertificar a Colombia por ineficiencia, y Petro lo observa como una victoria, es que algo muy extraño se está moviendo bajo la narrativa de la paz.
Por eso la columna termina donde quiso empezar: con esa sonrisa presidencial que celebra lo que debiera dolerle a un país. Porque en este tablero, descertificación significa una bendición para los de siempre: los que viven del caos, del fango, del crimen. Y Petro, paradójicamente, les hace el favor.



