Cartagena de Indias asiste al fin de una postal turística clásica y al inicio de un experimento urbano de alto impacto. La salida de los coches de caballos del Centro Histórico no solo clausura una práctica cuestionada por maltrato animal, sino que destapa discusiones acumuladas sobre quién decide el modelo de ciudad y quién gana realmente con los cambios que se anuncian como “históricos”.
La prohibición no admite regreso: desde el próximo lunes, los carruajes no volverán a transitar el cordón amurallado y serán reemplazados por 62 coches eléctricos, número que coincide milimétricamente con los antiguos cupos, lo que deja claro que no se ampliará el negocio, solo cambiarán sus reglas y su tecnología.
La narrativa oficial habla de bienestar animal, sostenibilidad y modernidad; sin embargo, el centro del análisis está en la reconfiguración del poder turístico en la ciudad amurallada. El Distrito concentra la propiedad de los vehículos, define quién los opera, fija rutas, horarios y sanciones.
Los antiguos cocheros, que históricamente fueron dueños de sus medios de trabajo, pasarán a depender de permisos, capacitaciones e instrumentos económicos diseñados por la administración. El cambio, por tanto, no solo es ambiental: es también laboral y económico, y redefine la autonomía de un gremio que durante años movió parte de la oferta turística.
El argumento del bienestar animal es innegable y largamente exigido por la ciudadanía: altas temperaturas, sobrecarga, jornadas extensas y episodios de agotamiento eran la cara incómoda de un atractivo vendido al visitante. La medida responde a ese reclamo. Pero la pregunta clave es qué tan real será la “transición justa”: ¿habrá ingresos dignos?, ¿o los nuevos sistemas tecnológicos terminarán en manos de pocos administradores mientras los cocheros se convierten en operadores subordinados?
Los coches eléctricos llegan con GPS, estaciones solares, POS y regulación estricta. La ciudad se encamina a un turismo más controlado y menos improvisado. El desafío será que ese control no se traduzca en exclusión, monopolio o tarifas opacas, y que la movilidad sostenible no sea solo una etiqueta.

Hoy Cartagena envía un mensaje potente: se acabó el uso de animales como atractivo turístico. Lo que está por verse es si el paso siguiente será igual de valiente: garantizar que el nuevo modelo no solo cambie la foto de la ciudad amurallada, sino que también corrija viejas desigualdades y dé prioridad a los habitantes que viven del turismo y no solo a quienes lo administran.

