“La arrogancia precede a la caída”. En la mitología griega existía un concepto conocido como hubris, que representaba la arrogancia y el orgullo extremo que desafiaban a los dioses, lo que inevitablemente traía como respuesta divina la némesis (la retribución o el castigo que provoca la caída). La Biblia también contiene un concepto equivalente en Proverbios 16:18, que reza: “Antes del quebrantamiento es la soberbia, y antes de la caída la altivez de espíritu”.
En la historia y en la literatura existe todo un cementerio de gigantes que cayeron por su arrogancia y por no mirar hacia abajo. Los psicólogos establecen un patrón de comportamiento asociado a esta conducta que puede resumirse en tres puntos:
- El arrogante deja de escuchar consejos y de advertir riesgos.
- Al creerse invencible, comete errores estratégicos básicos.
- La soberbia aleja a los aliados que podrían haber evitado el desastre.
La caída del imperio de Napoleón Bonaparte, por ejemplo, cuando decidió invadir Rusia con el ejército más grande jamás visto —la Grande Armée—, demuestra cómo la arrogancia y la soberbia lo llevaron a perder más de 400.000 hombres por hambre y frío, lo que marcó el principio de su fin. Otro ejemplo es el naufragio del RMS Titanic, publicitado como el “barco insumergible”, símbolo de la ingeniería naval inglesa e irlandesa, construido por el astillero Harland & Wolff —el más grande y avanzado de su época— y perteneciente a la naviera White Star Line del Reino Unido. El exceso de confianza llevó a ignorar advertencias y principios básicos de prudencia; el choque con un iceberg, sumado a decisiones humanas equivocadas, desencadenó el desastre conocido por todos a comienzos del siglo XX.
Trasladando esta reflexión al escenario político colombiano, las actitudes que muchos califican como arrogantes del presidente Gustavo Petro y la sobrades de algunos integrantes del Pacto Histórico hacen presagiar que podrían estar atravesando su propio momento de hubris, lo que eventualmente daría cumplimiento al principio bíblico antes citado.
Sus choques con las altas cortes son señalados por sus críticos como muestra de una percepción de superioridad frente a las reglas institucionales. Los enfrentamientos con la Corte Constitucional y el Consejo de Estado han sido interpretados como tensiones que rozan el debate sobre la separación de poderes. Mientras tanto, el país enfrenta dificultades en materia de salud, seguridad y orden público, así como retos fiscales y de tesorería que han generado preocupación nacional.
Para sus detractores, Petro actúa como si fuera el depositario exclusivo del mandato popular, interpretándolo como una habilitación para flexibilizar o reinterpretar procedimientos constitucionales y legales. Su estilo de comunicación, particularmente en la red social X, ha sido visto por algunos como una estrategia para proyectar liderazgo internacional, aunque otros sostienen que esa narrativa lo ha distanciado de sectores regionales.
Hay errores que pueden resultar costosos en política, especialmente cuando se perciben como acompañados de soberbia. La indignación generada por la muerte del niño Kevin Acosta y las reacciones posteriores del Gobierno provocaron fuertes críticas y anuncios de moción de censura contra el ministro de Salud. Diversos líderes institucionales cuestionaron la respuesta oficial, calificándola de insuficiente o insensible.
En el caso de Córdoba, también se han presentado controversias por la gestión de ayudas y la declaratoria de emergencia económica. Mientras el Gobierno argumenta limitaciones fiscales, sus opositores consideran contradictorio rechazar ciertos apoyos o anunciar medidas tributarias que, según ellos, tendrían efectos diferidos. La propuesta de recaudar recursos mediante un impuesto al patrimonio generó debate sobre su viabilidad y oportunidad.
Igualmente, causaron polémica las declaraciones presidenciales en torno al precio internacional del petróleo, la situación de Ecopetrol y el debate sobre el fracking. Sectores sindicales y económicos reaccionaron solicitando mayor prudencia en las afirmaciones públicas, dada su incidencia en los mercados y la confianza inversionista.
Todos estos episodios, desde la óptica crítica del autor, configurarían un escenario de némesis política: una acumulación de decisiones y declaraciones que podrían traducirse en desgaste electoral.
Con elecciones legislativas próximas, el desempeño del Pacto Histórico en el Congreso será determinante. Si pierde fuerza parlamentaria, el Gobierno podría enfrentar mayores dificultades para aprobar reformas, entrando en una etapa de menor gobernabilidad. Asimismo, persiste el interrogante sobre la capacidad del presidente para consolidar un sucesor que garantice continuidad política. Una eventual fragmentación de la izquierda podría debilitar su proyecto tras el 7 de agosto.
En política, como en la historia, la arrogancia suele ser un factor de riesgo estratégico. Si el diagnóstico de sus críticos resulta acertado, el petrismo estaría ante una prueba decisiva: demostrar que su liderazgo puede adaptarse, rectificar y construir consensos, o enfrentar el desgaste propio de quienes subestiman los límites del poder.



