Treinta años han pasado desde que el nombre de Chalán, un pequeño municipio enclavado en los Montes de María, quedó grabado en la memoria colectiva del país por uno de los episodios más dolorosos y absurdos del conflicto armado colombiano. Corría 1996 cuando un hecho que parecía sacado de una pesadilla convirtió a este tranquilo pueblo sucreño en noticia nacional: un burro cargado con explosivos fue utilizado como arma de guerra en medio de las confrontaciones entre grupos armados ilegales.
La escena, que dejó muertos, heridos y una profunda sensación de horror, simbolizó como pocas veces la crudeza de una guerra que terminó desfigurando la vida cotidiana de las comunidades rurales. El animal, tradicional compañero de los campesinos, terminó convertido en instrumento de violencia. Aquella imagen —la del llamado “burro bomba”— se volvió un retrato doloroso de lo que significó el conflicto para los pueblos de los Montes de María.
Durante años, Chalán y sus habitantes cargaron con ese recuerdo. No fue el único episodio violento que vivió la región. Como gran parte de los Montes de María, el municipio sufrió desplazamientos, asesinatos, amenazas y el miedo permanente que marcó a generaciones enteras. La guerra alteró el ritmo de la vida campesina: los caminos por donde transitaban los burros cargados de leña, agua o cosechas se volvieron rutas de incertidumbre.

Sin embargo, tres décadas después, la historia comenzó a contarse de otra manera. En 2026, Chalán volvió a aparecer en los titulares. Pero esta vez no por la violencia, sino por un gesto profundamente simbólico: la realización del Festival Imagina la Paz, un encuentro cultural que convirtió al mismo animal que alguna vez representó la barbarie en un emblema de memoria, resistencia y reconciliación.
El festival, realizado por primera vez en este territorio sucreño, le rindió homenaje al burro, ese noble compañero del campesino que durante siglos ha sido parte esencial de la vida rural. Animal paciente y resistente, ha cargado sobre su lomo leña, agua, mercado, cosechas y sueños. En los caminos polvorientos de los Montes de María, el burro ha sido mucho más que un medio de transporte: ha sido un aliado silencioso de la supervivencia campesina. Por eso el homenaje no fue una simple curiosidad folclórica. Fue, sobre todo, un acto de resignificación histórica.
Chalán, como muchos pueblos de los Montes de María, vivió algunas de las heridas más profundas del conflicto armado. Allí, donde el sonido de la gaita y los tambores se mezcló durante años con el eco de los disparos y las explosiones, el arte se ha convertido en una herramienta para sanar. Y fue precisamente el burro —ese animal humilde y leal— el elegido para representar esa transformación: pasar de símbolo de la violencia a emblema de paz y resistencia campesina.

El Festival Imagina la Paz, cargado de color, música y muralismo, buscó justamente eso: resignificar la historia. En cada pared pintada, en cada canto y en cada taller comunitario, el pueblo le habló al pasado con respeto y al futuro con esperanza. Lo que antes fue el “burro bomba”, hoy es el “burro de la memoria”, ese que lleva sobre sus lomos no dinamita, sino flores, pinceles y palabras de reconciliación.
Es también una demostración de algo que muchas veces se olvida: la cultura puede lograr lo que la política aún no alcanza, reconciliar a una comunidad con su propia historia.
Exaltar la figura del burro en Chalán es, además, reconocer al campesino montemariano: el hombre de sombrero vueltiao, machete al cinto y manos curtidas por el trabajo, que recorre los caminos de tierra llevando los frutos de su esfuerzo. Sin el burro, la vida rural sería más dura; sin el campesino, la nación perdería su raíz más profunda. Ambos —hombre y animal— reflejan la misma nobleza y el mismo sacrificio cotidiano.

Durante décadas, la modernidad ha intentado borrar la imagen del burro del paisaje. Se le ha asociado con atraso, pobreza o burla. Pero el festival recordó algo esencial: el progreso no consiste en olvidar lo que somos, sino en reconocer lo que nos ha sostenido. El burro forma parte del patrimonio cultural de los Montes de María, un eslabón entre la tradición, la memoria y la supervivencia de los pueblos.
Uno de los símbolos más poderosos del evento fue la inauguración de la Calle de la Memoria, un espacio donde los murales narran la historia del municipio. No solo embellecen las paredes: cuentan lo vivido, enseñan a los niños y honran a las víctimas. Porque la memoria no es únicamente recordar, sino aprender para no repetir.
Treinta años después de aquella tragedia, Chalán le ofrece al país una lección sencilla pero profunda: la paz también se construye con símbolos humildes, con gestos cotidianos y con el arte que nace de la comunidad. Que incluso un burro puede convertirse en maestro de resiliencia, y que detrás de sus largas orejas se esconde una sabiduría campesina que el país ha olvidado escuchar.

En un país donde la violencia quiso arrebatarnos hasta la ternura, ver a Chalán celebrar la vida a través de su burro es un acto de dignidad. Es la reivindicación de lo humilde sobre lo arrogante, de la memoria sobre el olvido, de la cultura sobre la barbarie.
- También puede leer: MASACRE EN CHALÁN, SUCRE: El cubrimiento periodístico del brutal ataque de las FARC con un burro cargado de explosivos
Treinta años después, el burro volvió a ser protagonista en Chalán. Pero esta vez no por la tragedia, sino por la esperanza. Y en su paso lento, firme y paciente, parece recordarnos que la paz —como él— se construye sin prisa, con persistencia y con el corazón puesto en la tierra.





