Hay momentos en la historia de los países en los que el ruido de la política parece opacar la voz de la razón y del espíritu. Colombia atraviesa uno de esos momentos. Las tensiones electorales, las discusiones cada vez más radicalizadas y la polarización han terminado por sembrar desconfianza, enojo e incluso resentimiento entre ciudadanos que, en esencia, comparten el mismo territorio, la misma bandera y el mismo deseo de vivir en paz.
Desde la mirada de un creyente y desde la experiencia de quien ha tenido el honor de servir y acompañar a quienes defienden la patria, surge una reflexión que no pretende profundizar las divisiones, sino invitar a la serenidad, al respeto y a la esperanza. En tiempos de incertidumbre nacional, la fe puede convertirse en un faro que ayude a recuperar el sentido de comunidad que tantas veces parece perderse en medio del debate político.
Las elecciones al Congreso ya pasaron. Como ocurre en toda democracia, algunos celebran los resultados y otros analizan lo que pudo haber sido distinto. Pero más allá de las victorias o derrotas electorales, lo verdaderamente relevante es el rumbo que tomará el país y la forma en que los colombianos enfrentarán juntos los desafíos que vienen.
La política no puede convertirse en un motivo para romper amistades, humillar al prójimo o sembrar odio entre compatriotas. En medio de la confrontación, la Biblia recuerda una enseñanza que sigue siendo profundamente actual: “Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios” (Mateo 5:9). Este mensaje no solo aplica a los conflictos personales, sino también al debate público que hoy atraviesa la nación.
En tiempos de polarización es fácil caer en la tentación de responder con ira o descalificaciones. Sin embargo, la Escritura advierte: “La blanda respuesta quita la ira, más la palabra áspera hace subir el furor” (Proverbios 15:1). Quizás esa sea una de las lecciones más necesarias cuando vemos a colombianos enfrentados por sus diferencias ideológicas.
Hoy Colombia necesita menos gritos y más reflexión. Necesita menos insultos y más argumentos. Necesita menos arrogancia y más humildad. Reconocer que nadie posee toda la verdad es, en sí mismo, un acto de sabiduría. Como afirmaba Sócrates: “Solo sé que nada sé”. Esa frase, sencilla pero profunda, recuerda que el diálogo siempre debe prevalecer sobre la imposición.
Muchos ciudadanos sienten incertidumbre frente al rumbo del país. Otros experimentan frustración ante expectativas políticas que no se han cumplido. Sin embargo, incluso en medio de la decepción, el camino del creyente no es el resentimiento ni la venganza, sino la esperanza.
La historia colombiana ha demostrado que el país ha sabido levantarse incluso en los momentos más difíciles. La Escritura lo expresa con claridad: “Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora” (Eclesiastés 3:1). Tal vez este sea un tiempo de prueba, pero también de reflexión profunda sobre el tipo de nación que queremos construir para las próximas generaciones.
En medio de la incertidumbre política, la esperanza sigue siendo una fuerza transformadora. El apóstol Pablo lo expresó de esta manera: “No nos cansemos de hacer el bien, porque a su debido tiempo cosecharemos si no nos damos por vencidos” (Gálatas 6:9). Ese mensaje continúa siendo válido para quienes creen en el futuro de Colombia.
Como parte de la reserva moral de la nación —esa que está conformada por ciudadanos honestos, trabajadores, creyentes y comprometidos con el país— el llamado es a la serenidad. Colombia no se reconstruye con gritos ni con insultos. Se reconstruye con carácter, responsabilidad, diálogo y decisiones sabias.
Vendrán nuevos debates y nuevas decisiones electorales. Y llegará el momento en que cada ciudadano tendrá nuevamente en sus manos una herramienta poderosa: el voto. Pero ese momento debe encontrarnos con el corazón sereno, la mente clara y la conciencia despierta.
No votemos desde la rabia. No votemos desde el miedo. Votemos desde la reflexión. Como dijo Martin Luther King Jr.: “La oscuridad no puede expulsar la oscuridad; solo la luz puede hacerlo”. Colombia necesita esa luz: la luz de la razón, del respeto y de la fe.
Que este tiempo sirva para sanar, para reconciliarnos como nación y para recordar que, más allá de cualquier diferencia política, seguimos siendo un solo pueblo. Un pueblo que, con la ayuda de Dios, aún puede levantarse y escribir una nueva página de esperanza para su historia.



