Abigail Paz Romero repite su nombre en un susurro, como quien palpa las paredes de una casa firme tras un terremoto. Lo dice para convencerse de que está aquí, de que su identidad le pertenece, después de años en los que su vida fue un territorio ocupado por voluntades ajenas. Repetir «Abigail» es, en el fondo, un acto de resistencia: es la prueba de que no se desvaneció entre los ecos de un pueblo donde todo, hasta el suspiro, se movía al ritmo del terror.
Nació un 19 de abril de 1981 en La Hormiga, Putumayo, bajo un sol de 40 grados que parece fundir el hierro, pero que no pudo doblegar su carácter. Irónicamente, el día de su llegada al mundo coincidió con la fundación del M-19; nació entre un toque de queda y el rumor de una toma guerrillera inminente. Mientras su madre Rogelia sostenía el vientre a solas, preñada de un miedo que latía al unísono con el corazón de la bebé, Abigail quien fue recibida por la enfermera del pueblo en plena madrugada en una casa de madera y en una vieja estera, inauguraba una existencia donde la paz no era un derecho, sino un milagro esquivo.
En La Hormiga, la muerte no llegaba en los periódicos; era parte del mobiliario urbano. Abigail creció viendo los cuerpos anónimos en la morgue con la curiosidad natural de una niña que no sabe que lo que mira es el horror. Para ella, los disparos eran la señal para jugar a las estatuas bajo la cama; el desplazamiento hacia Nariño era un viaje sin nombre; y el silencio era la única moneda válida para seguir respirando. Lo que para el mundo era una tragedia, para ella era, simplemente, el paisaje.
Al cumplir los 18 años, el miedo mutó. Con la entrada de los paramilitares en el año 2000, la violencia dejó de ser una sombra para convertirse en un desfile macabro. Abigail recuerda, con una nitidez que todavía duele hoy a sus 45 años, las camionetas recorriendo las calles con cadáveres como trofeos de guerra, mientras los verdugos disparaban al aire celebrando su dominio para sembrar terror y confusión.
Ella intentó construir un refugio de seda y algodón: una pequeña boutique en el centro del pueblo. Pero entre las telas de su negocio se filtraba la realidad más cruda. Veía uniformes oficiales mezclarse con fusiles ilegales en charlas amigables, mientras el pueblo aprendía la lección más amarga de la supervivencia: ver sin mirar, oír sin escuchar, saber sin decir. Para una mujer joven, el riesgo era doble: el control del territorio también pretendía ser el control de su cuerpo y de su voluntad.
Pero dentro de Abigail, debajo de las capas de miedo acumulado, vibraba una fe silenciosa y una ambición luminosa. Veía los proyectos estatales llegar y marcharse como espejismos, sin cambiar la miseria de nadie, y en su mente germinó una promesa: «Yo estudiaré para hacer esto bien».
A los 25 años, con los ahorros de una vida de trabajo —porque Abigail fue vendedora de juguetes, comerciante y luchadora desde la infancia—, decidió que el Putumayo ya no podía ser su cárcel. Se fue. No para escapar, sino para encontrarse. En la Universidad del Cauca, en Popayán, el destino le devolvió la capacidad de elegir: pasó a Administración y a Economía. Por primera vez en décadas, no era el fusil el que decidía su camino, sino su propio intelecto.
Hoy, Abigail no solo es una profesional; es un puente. Paradójicamente, al estudiar su propia historia, descubrió que ella misma era una víctima, una etiqueta que no conocía porque la violencia era su normalidad. Hoy, su nombre figura en el Registro Único de Víctimas, no como un sello de derrota, sino como un testimonio de justicia.
Su legado ya es una realidad que se puede tocar. Hizo parte de un comité que consiguió algo más profundo que un beneficio administrativo: que en la Universidad de Caldas las víctimas del conflicto no paguen el pin de inscripción. Una puerta que antes estaba cerrada y que ahora permanece abierta, sosteniendo nuevas historias mientras la ley lo permita.
Y fue en esos mismos pasillos donde no solo encontró conocimiento, sino también a Carlos. Con él construyó un hogar lejos del estruendo de la guerra, un espacio de paz que contrasta con su pasado. Sin embargo, su corazón nunca se ha ido del todo: sigue latiendo en esa tierra que la vio nacer, la que le duele, pero también la que le dio la fuerza para seguir.
Abigail ya no baja la mirada. Cuando regresa a La Hormiga, ya no es la niña que se escondía bajo la cama ni la joven que callaba en la boutique. Es el ejemplo vivo de que se puede nacer en el epicentro del dolor y emerger para diseñar la paz. Irse fue su salvación, pero volver con las manos llenas de soluciones ha sido su mayor acto de libertad.



