En medio del ruido político y social que hoy atraviesa a Cartagena de Indias, hay una discusión que no puede seguir distorsionándose: los límites reales de la libertad de expresión y, más aún, quiénes están dispuestos a ejercerla sin doble agenda.
Porque conviene decirlo con precisión —sin ambigüedades—: el derecho a la libre expresión no es un cheque en blanco para el odio. Pero tampoco puede convertirse en el pretexto perfecto para silenciar la crítica legítima. Ahí está la línea y no es difusa. Es clara. Confundir la crítica con el odio no es ingenuidad, es una estrategia para desactivar al ciudadano que incomoda.
Pero mientras ese debate se manipula, hay otra realidad que golpea de frente: la crisis de credibilidad. Una parte del periodismo —no todo, pero sí visible— ha cedido terreno. La independencia se ha vuelto negociable, la denuncia selectiva y el silencio, en algunos casos, demasiado conveniente. Y en ese vacío, como respuesta natural, han surgido nuevas voces: jóvenes sin credenciales formales que hoy hacen en redes sociales lo que muchos comunicadores dejaron de hacer. No es casualidad, es consecuencia.
Sin embargo, el caso más inquietante no es solo el del periodismo. Es el de las veedurías ciudadanas en Cartagena. Las mismas que hace algunos años eran incisivas, incómodas, persistentes… hoy, en muchos casos, desaparecieron como por arte de magia. ¿Dónde están? La respuesta, aunque incómoda, es cada vez más evidente en el imaginario ciudadano: algunos fueron absorbidos por el sistema que antes vigilaban, a otros les ofrecieron cargos y contratos por prestación de servicios (OPS) y lo que antes era control social, hoy se transformó en otra cosa. No se trata de acusaciones ligeras, sino de una percepción que se fortalece con las señales: veedores que antes denunciaban con firmeza, hoy exhiben en redes sociales viajes, fotografías en el exterior y una narrativa completamente distinta. El cambio no es solo estético, es de rol y cuando el rol cambia de vigilar a guardar silencio, la ciudadanía pierde un pilar fundamental. Porque una veeduría que deja de incomodar, deja de ser veeduría y es aquí donde todo converge: la manipulación del discurso, el debilitamiento del periodismo independiente y la transformación de los mecanismos de control ciudadano.
El resultado es peligroso: menos vigilancia, más opacidad. Por eso, este no es solo un señalamiento, es también un llamado.
En una época como la Semana Santa, donde la reflexión debería ser inevitable, valdría la pena que muchos se miren hacia adentro y se pregunten: ¿en qué momento se desdibujó su papel? ¿cuándo la credibilidad empezó a negociarse? ¿en qué punto la coherencia quedó atrás? Porque al final, más allá de cargos, contratos o beneficios momentáneos, lo que está en juego es algo que no se recupera fácilmente: la confianza y en lo público, perderla por atajos o “torcidos” no solo afecta a quien la pierde… afecta a toda una ciudad que se queda, otra vez, sin quien la defienda.



