Han pasado casi dos meses desde la mortalidad de flamencos en la Ciénaga de La Virgen y, hasta hoy, el silencio institucional pesa más que cualquier explicación científica. La ciudadanía sigue sin conocer las causas reales de este hecho, que debería haber sido abordado con rigor técnico por las autoridades ambientales responsables: el EPA Cartagena y Cardique, entidades que tienen bajo su jurisdicción uno de los ecosistemas más estratégicos para el equilibrio ambiental y económico de la ciudad.
Recientemente, por invitación de pescadores de la zona, realicé un recorrido por el sector donde fueron halladas las aves muertas. Lo que observé confirma una preocupación mayor: no solo los flamencos están en riesgo, sino múltiples especies de aves que utilizan esta zona como refugio y sitio de alimentación. En horas de la tarde, cuando el sol desciende, decenas de garzas y otras aves se agrupan en parches sobre sectores someros, un comportamiento natural que hoy las expone a amenazas que pueden evitarse.
Una de esas amenazas es evidente y alarmante: las redes eléctricas de alta tensión que atraviesan el sur de la ciénaga. Estas estructuras no cuentan con medidas de protección adecuadas, pese a que la normativa vigente —el Reglamento Técnico de Instalaciones Eléctricas (RETIE)— establece claramente la obligación de minimizar el impacto sobre la fauna y los ecosistemas. Pescadores de la zona asocian la mortalidad recurrente de aves con estas redes, y algunas imágenes difundidas en internet muestran indicios de quemaduras en los cuerpos de los animales. No se trata de una hipótesis descabellada, sino de un riesgo conocido y documentado en múltiples ecosistemas del mundo.
Proteger a las aves no es un gesto romántico ni un capricho ambientalista: es una obligación legal y ecológica. Cuando la normativa exige dispositivos para evitar la electrocución de fauna silvestre y estos no existen, no estamos frente a un accidente, sino ante una omisión.
Pero las redes eléctricas no son el único problema. Durante el recorrido también fue evidente la acumulación desbordada de residuos sólidos, que reducen la profundidad de la ciénaga y aceleran la descomposición del fondo. El olor ofensivo que emana de los sedimentos revela una alta carga de materia orgánica en descomposición. A esto se suman descargas de aguas residuales provenientes de asentamientos urbanos cercanos, que incrementan la carga de contaminantes orgánicos e inorgánicos.
Lo más preocupante es que no existe información científica actualizada sobre la presencia de metales pesados, hidrocarburos o contaminantes emergentes en los sedimentos. La ausencia de datos no significa ausencia de contaminación; significa ausencia de vigilancia.
Otros procesos tensores siguen avanzando silenciosamente: la tala indiscriminada de manglares, el relleno con escombros y residuos, el crecimiento urbano desordenado y la ocupación ilegal de áreas protegidas. Estas acciones han reducido significativamente la cobertura de manglar, un ecosistema vital para la estabilidad del suelo, la protección costera y la reproducción de especies acuáticas.
- Aquí puede leer: El manglar que se pierde en silencio
Desde hace años, la academia y diversas organizaciones han insistido en la necesidad de proteger este humedal, reconocido por su importancia global debido a la presencia de especies migratorias que dependen de él como estación temporal en sus rutas. Sin embargo, la respuesta institucional ha sido insuficiente y fragmentada.
La Ciénaga de La Virgen no es un paisaje decorativo ni un obstáculo para el desarrollo urbano. Es un sistema ecológico fundamental que sostiene la biodiversidad de la Bahía de Cartagena. Funciona como una auténtica sala-cuna natural donde peces y otros organismos acuáticos realizan sus procesos reproductivos. Allí se desarrollan larvas y alevinos que luego migran hacia otros sectores de la bahía, garantizando la continuidad de los ciclos biológicos.
Por eso resultan particularmente preocupantes decisiones como la remoción de manglares en el caño Juan Angola bajo el argumento de una supuesta poda técnica. La ignorancia ecológica suele ser costosa, pero cuando se traduce en políticas públicas, sus efectos pueden ser irreversibles.
Señor alcalde Dumek Turbay: su administración difundió ampliamente la llegada de los flamencos como símbolo de orgullo ambiental. Hoy, frente a su muerte, el silencio resulta inquietante. En el contexto actual de sostenibilidad global, el brillo de una ciudad no se mide por la cantidad de cemento ni por el tamaño de sus obras. El verdadero brillo urbano depende de una ecuación multivariable donde los activos ambientales tienen un peso determinante.
Salvar la Ciénaga es salvar la ciudad. Es salvar la bahía. Es preservar el soporte ecológico que sostiene la vida y la economía local. Como advirtió Gandhi: la Tierra ofrece lo suficiente para satisfacer las necesidades de todos, pero nunca la avaricia del hombre.



