La amarga tortura de la culpa
El intento desesperado de justificación y búsqueda de culpables, es el camino al que conduce la conciencia cuando no absuelve. Por eso, cuando se presentan situaciones catastróficas como la que atraviesa hoy Cartagena de Indias, el costal de la culpa se vuelve pesado, y la salida más fácil es buscar alguien que lo lleve antes de verse caer por la inercia del mismo peso, que se vuelve más grande cuando dentro lleva anuncios, advertencias, sugerencias y consejos de lo que ocurriría, como consecuencia de las decisiones que se estaban tomando u omitiendo y que hoy estamos padeciendo.
Debemos reconocer la desobediencia social principalmente en los sectores populares, como uno de los factores que han favorecido el aumento de los casos de Covid–19 en Cartagena, sin embargo, desde hace varios años se conocen las condiciones socioculturales de estas personas, lo cual, es insumo suficiente para que las medidas tomadas en esos barrios hayan sido rígidas desde un principio o se tuvieran planes especiales para esas zonas, sin que ello signifique discriminación; ya que la función administrativa no termina con la firma de los decretos, sino que deben hacerse cumplir las normas y para ello se cuenta con herramientas.
Además de los videos que a diario circulaban en redes sociales y otros publicados por medios de comunicación, donde se mostraba el mal comportamiento y desacato de las normas desde que fueron expedidas, lo cual era algo que se esperaba de los barrios populares, hubo que esperar 2.220 mil contagiados y 106 muertos para que el mandatario local comprendiera que no lo estaban respetando a pesar de que sus contradictores y seguidores se lo decían en cada oportunidad, el error fue tratar de eximirlo de culpa y no pedirle que tomara control de la situación y se hiciera respetar, entonces, ya con la situación fuera de control, se dio cuenta que necesitaba usar la autoridad como lo hizo en El Pozón, pues el orden público y control ciudadano son responsabilidad del alcalde de cada territorio, independiente del comportamiento y nivel cultural de las personas que lo habiten.
Los ciudadanos no deben caer en el terrible error individualista del «sálvese quien pueda», pues la naturaleza social es colectiva, pero si fuera individual, no sería ni siquiera legal decretar medidas de contención para la pandemia, ni que el estado suministrara alimentación, pues si se tratara de una supervivencia individual cada quien debería arreglárselas solo.
Pero han caído lamentablemente en el juego de una ciega esperanza y devoción, que en ocasiones raya hasta en el cinismo, para tratar de defender una falacia palpable de un alcalde que jamás a podido controlarse ni así mismo, pero se desgasta en insultos que usa para esconderse detrás de esa cortina.
No ha sido más que la tortura del cargo de conciencia, la que ha aseverado el filo de la culpa, que se ha intentado justificar en los alcaldes anteriores, en los concejales, en el irrespeto de la gente, en los periodistas y medios de comunicación, en el director del Dadis, en las EPS, y un insólito argumento que han estado repitiendo personas últimamente, «el sacrificio que debe hacer la ciudad para que el alcalde tome experiencia». La miserableza de esa frase es propia de un fanatismo desbordado, pues nunca podrá justificarse nada a cambio de vidas humanas.
El sistema de salud es el mismo en todo el país, y los problemas con las EPS, pero las medidas que adopta cada ciudad son responsabilidades individuales de sus mandatarios, ya debemos acabar el juego de la polarización y no seguir circulando en el vicio de adoración a la idolatría de un narcisismo vacío e insipiente a una farsa, que viene cada vez matando a mas cartageneros, contagiando a algunos y haciendo lucir a otros como indolentes culpables.



