Álvaro Quessep Escobar murió y nadie supo echarme el cuento. Apenas unas anécdotas mal referidas y sus dichos, nada más. “El negro”, como le conocían ampliamente en su tierra natal, ya es un mito en Sincelejo. Y es mejor que así sea, que lo empecemos a recordar con la imaginación, porque “El Negro” tenía una lengua lisa, que a veces no dejaba títeres con cabeza y aunque lo decía con magnifico sentido del humor, ni sus familiares se le salvaban. Decía que los únicos Quessep buenos eran él y el Koki. Era un humor fino y mordaz el de “El negro”, forma muy suya e inteligente, de decir verdades.
Antes que llegara la pandemia, habíamos acordado una entrevista, en la línea de personajes urbanos de Sincelejo, muy populares, para mi programa de televisión, pero ya Álvaro había caído en cama. Y aunque su mente era brillante y su voz tan firme como la que lo hizo brillar en los relatos del béisbol, como voz oficial, ya no podía levantarse.
Lo lamento mucho, porque tenía mucho que dar y creo que no alcanzamos a explotar su imaginación y su sentido del humor.
Cierta noche- me contó con pelos y señales- tomó una motocicleta que lo llevara al Estadio 20 de enero. Se subió al frente del Sena del barrio Boston, en Las Peñitas. El mototaxista salió muy hablador. En ese instante, salieron del gimnasio que está por ese lado dos parejas de gimnastas embutidas en vestidos deportivos. Dos eran hombres guapos y elegantes. Y los otros dos eran despampanantes mujeres de cuerpos bien trabajados, que caminaban tomadas de las manos.
Álvaro no disimuló en mirarlas y hasta les lanzó un piropo. -Los dos tipos son maricas y las dos mujeres son lesbianas, no se confié, esto aquí esta invivible—dijo el conductor de la moto.
Después de la Gobernación de Sucre, el mototaxista dobló enrutándose hacia el Coliseo de Ferias, donde volvió a soltar la lengua. -Este mundo está muy maluco, hay en esta ciudad mucha gente con poca moral, puntualizó.
“El negro” se reacomodó en la parrilla y palpó que en el bolsillo de atrás llevase los dos mil pesos para pagarle “y los que ponen los malos ejemplos en esta ciudad son los Quessep”. Álvaro guardó silencio. Al llegar al coliseo apretó sus nalgas, no fuera que el hablador fuese a abusar de él.
Llegando al monumento de Las Vacas, el mototaxista enfatizó en que todos los Quessep tenían amaneramientos, empezando por el alcalde de esos tiempos, que Mario y Jairete tenía sus cuentos y que de pronto se salvaba el poeta Geovani, porque José Luis eran muy buen artista, pero fue el pionero en el sembrado de la yerba celestial en su finca, hacia el Cerrito de La Palma.
De allí en adelante, el mototaxista no dejó de darle duro a la familia. -Incluso, el que está en Cartagena también se metió en líos.
Totalmente destrozado y sin ánimos para animar el partido “El negro” se bajó de aquella moto, le entregó los únicos dos mil pesos que le quedaban en el bolsillo, entonces le dijo al tipo, para que supiera que lo había escuchado.
– Toma, soy Álvaro Quessep. -Puedes ser Quessep – dijo el tipo, recibiendo el dinero- pero lo que te he dicho es verdad.
Álvaro, con la franqueza que le caracterizaba, necesitaba a alguien para desahogarse de aquella pena. Se acordó de William, su papá. Marcó su celular.
– Papi – le dijo – mira que acabo de tomar una moto y el conductor se ha expresado muy mal de la familia. Y dijo esto y dijo esto otro…Y William, hombre sabio y también con sentido del humor, le contestó:
-Caramba, mijo, estoy por creerlo.



