Siento, más frecuentemente de lo que quisiera, que las redes sociales en vez de cumplir su función de conectarme con mis amigos y familiares, terminan desconectándome; no sólo de ellos, sino de todo a mi alrededor. Atrapándome, sin mi explícito consentimiento, en un laberinto de fotos, likes, vídeos, memes, noticias y comentarios de personas que apenas conozco, o de páginas que no recuerdo haber comenzado a seguir.
Me siento acorralado en mis propios comportamientos de consumo digital, pero a la vez me siento dirigido por una mano invisible que controla lo que veo, y lo que no veo. Una fuerza que no es imaginaria sino virtual, que ha consumido mi tiempo a su antojo.
Soy consciente que yo les he dado a los programadores y desarrolladores de las plataformas virtuales de comunicación, las herramientas necesarias para tomar control sobre mi tiempo.
Les di toda clase de permisos para que entraran a ser parte de mis dispositivos, les di acceso a mis datos y acepté incontables términos y condiciones cada vez que me lo pidieron. Sin embargo, me he dado cuenta del pacto que hice y he comenzado a librar mi batalla para recuperar la libertad que nunca tuve -ya que soy de la generación que creció con la mensajería instantánea y el apogeo de sitios como facebook-.
La pelea no es fácil. Primero, porque retirarse no es una opción -al menos no para mí-, Las redes sociales, hoy en día, son una manera clave en las que nos relacionamos con los demás: tanto en el ámbito laboral como social. Segundo, porque el enemigo está bien dotado: ingenieros informáticos, psicólogos, neurólogos y toda clase de expertos trabajan para crear algoritmos para que el contenido de sus plataformas capture tu atención.
Después de todo, la cantidad de usuarios y sus interacciones es el mayor capital que compañías como snapchat, twitter o Tik Tok le venden a otras organizaciones y personas que desean publicitar sus productos o servicios.
No me malinterpreten, no me quiero divorciar de las redes sociales. Lo que quiero es tener una relación más saludable con estas. Quiero que la ansiedad de revisar las notificaciones no interrumpa mi ritmo de trabajo, quiero tener interacciones virtuales que vayan más allá de un like -por lo menos un “me importa”-, quiero que el contenido que consuma sea igual de entretenido que las acrobacias de un gato pero más reflexivo que una frase supuestamente dicha por algún millonario estadounidense, quiero que mi sensación, después de usar las redes sociales, no sea la fatiga por el exceso de información sino aquel sentimiento que viene después de una interesante lectura o una buena conversación. ¿Y ustedes qué quieren sacar de las redes sociales?
Yo pienso que ha llegado la hora de tomar el volante de nuestro consumo virtual. Moldearlo no sólo en cantidad sino en calidad: elegir conscientemente qué contenido ver, cuál no, y por cuánto tiempo.
Así como hay un complejo algoritmo para condicionar nuestros patrones de consumo, también hay una cantidad de herramientas que nos permiten recuperar parte de nuestra libertad. Algunas de estas herramientas dadas por las mismas aplicaciones que te permiten seleccionar lo que aparece en tu página de inicio y otras que podemos conseguir nosotros mismos para escapar de la telaraña de las noticias trascendentales antes de que sea demasiado tarde -en el día o en la vida-, como poner una alarma o recordatorio que evite que te distraigas del propósito que te trajo a las redes en primer lugar. Pero, eso sí, no te sientas culpable de comentar y compartir esta columna. Esto último, por su puesto, no es pecado.
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