La adicción a las sustancias psicoactivas, a la comida y a medicamentos de prescripción es tan frecuente en la población general que constituye un grave problema de salud pública.
Los adictos buscan compulsivamente las drogas y el dinero para conseguirlas porque han perdido la capacidad de autorregular su conducta. Esta incapacidad de autorregulación no solamente afecta su integración positiva a la sociedad. También afecta a la totalidad del sistema familiar y a muchas otras personas de su círculo social.
Se estima que, por cada persona diagnosticada con un trastorno por abuso de sustancias, aproximadamente 20 sufren las consecuencias. Las adicciones son un grave problema de salud pública, que empeora por las concepciones prevalentes en nuestra cultura, según las cuales las personas tienen autonomía para el desarrollo de su personalidad o el derecho a ejercer su libre albedrío.
Considerar los trastornos de adicción como una desviación moral en la que el individuo decide cómo, cuándo, dónde y con quién consume las drogas, implica asumir que el adicto es responsable y agente causal de su enfermedad. Como resultado, los adictos son marginados socialmente y despreciados.
Sobre este tema continúan existiendo muchas confusiones: una primera sentencia de la corte constitucional, según ponencia del Doctor Carlos Gaviria Díaz, respaldó el derecho al libre desarrollo de la personalidad; posteriormente, otra sentencia más reciente, con la misma orientación liberal romántica, respaldó el derecho a que un individuo esté bajo los efectos de la droga mientras trabaje siempre y cuando el consumo de drogas no interfiera con su rendimiento laboral.
Para generar consciencia sobre este tema es imperativo comprender que las enfermedades adictivas son enfermedades del cerebro y del libre albedrío. El desarrollo de la tecnología diagnóstica por neuroimágenes nos ha permitido comprender cuál es el efecto de las drogas en el cerebro a corto, mediano y largo plazo. El cerebro enfermo tiene fallas en su funcionamiento y expresa su enfermedad a través de pensamientos, conductas y emociones, lo cual no se tiene en cuenta cuando juzgamos el comportamiento de estas personas utilizando criterios sociales o morales.
La principal limitación en el abordaje de las adicciones como una enfermedad es el estigma negativo, que produce negación y vergüenza, paralizando al sistema familiar mientras la enfermedad sigue su curso.
La comprensión de las adicciones como una enfermedad que afecta la integridad biopsicosocial y espiritual del individuo, impidiéndole ejercer el libre albedrío, es clave para reducir el estigma que impide a estas personas acceder al tratamiento que necesitan.
Actualmente, existen tratamientos integrativos para el manejo de las adicciones, para los cuales es fundamental la coerción a que se vea expuesto el sujeto para recibir tratamiento.
Esta es una invitación a explorar el valor de las concepciones actuales en el campo de la psiquiatría y la adiccionología, para que no continuemos impasibles contemplando cómo personas con un alto potencial humano ven truncado su desarrollo personal y desestructurada su vida familiar por el abuso de las drogas.
Perfil del columnista: Médico Cirujano por la Universidad de Cartagena y especialista en Psiquiatría de la Universidad de Antioquia. Profesor – Investigador del Departamento de Psiquiatría en la Universidad Libre de Colombia.




