La desatención colectiva de lo que realmente interesa es el rasgo más característico de la actual mentalidad social, promovida desde los centros de poder para controlar al mundo y reducir la población.
Los medios de comunicación contribuyen a mantener distraída a la población, dispersa entre la nostalgia por un pasado irrecuperable y la incertidumbre de un futuro amenazante.
Cuando escribo esta columna, la sobredimensionada amenaza es el Covid-19, como antes lo fueron la gripa porcina (H1N1), el SIDA y el alto riesgo de contraer enfermedades de transmisión sexual. Sobredimensionar estas amenazas hace parte de una estrategia de control social, que promueve un automatismo cognitivo y emocional global para distraer a la población de nuestro fracaso más grande: la inaplazable tarea humanitaria de ponerle fin al hambre y al genocidio silente de los más pobres que esta supone.
El hambre es una epidemia de efectos devastadores que demuestra el triunfo de la ideología individualista promovida por el capitalismo salvaje bajo la fachada de libertad, igualdad y fraternidad. El hambre de muchos niños que mueren de desnutrición y sed en el mundo contrasta ostensiblemente con la obesidad de los que se enriquecen saqueando el patrimonio público. El hambre suele representarse como una consecuencia de la guerra y los desastres sociales, cuando ésta es en realidad el motor y combustible de las guerras.
Con la sobrealimentación de aquellos que padecen trastornos de alimentación y los alimentos sobrantes de la industria hotelera, supermercados y demás, sería posible disminuir el impacto del hambre sobre amplios sectores vulnerables de la población. Sin embargo, distribuir los excedentes no es un imperativo social sino una actitud moral, cada vez menos frecuente, en parte porque las actividades de los líderes mundiales y de los gobernantes parecen inspiradas en modelos psicopatológicos de la personalidad.
El consumo de alimentos es una necesidad básica de subsistencia que requiere ser satisfecha a corto plazo. Bajo la presión del hambre las madres se prostituyen para proveerle el alimento a sus hijos. Los campesinos siembran y continúan sembrando coca más aún cuando habitan en territorios colombianos donde el gobierno nunca ha hecho presencia.
Mientras tanto, Estados Unidos pretende continuar su papel de policía o Gran Hermano, insistiendo en la guerra contra las drogas en vez de dirigir sus políticas de apoyo internacional a disminuir las tasas alarmantes de hambre en la población latinoamericana. En Colombia, la fumigación de los cultivos de coca con glifosato es una orden del presidente Trump, que el gobierno colombiano actual lucha por cumplir, pese a que la guerra contra las drogas ya ha demostrado durante varias décadas su inutilidad. Insistir en ella no es más que una estrategia para hacernos cada vez más dependientes alimentariamente de la producción agropecuaria de Estados Unidos y diezmar nuestra población, no solo extendiendo el hambre sino a través del glifosato, cuya asociación con casos severos de cáncer ha sido comprobada en juicios internacionales.
Afortunadamente, dentro de este panorama desolador, hay buenas noticias. El Comité Noruego le otorgó el Premio Nobel de la Paz al Programa Mundial de Alimentos de la ONU. Con este premio, el Comité evidenció que el hambre y la guerra son un círculo vicioso, y que hasta que no erradiquemos el hambre del mundo será imposible construir la paz.
Al premiar la lucha contra el hambre, el Comité también está invitando a todos los ciudadanos de América Latina a que cerremos filas para luchar contra el hambre, porque una vez que las personas y las poblaciones satisfagan esta necesidad básica dejarán de ser manipulables por los mercaderes de la política, la verdadera amenaza biológica que acecha a la humanidad.
Perfil del columnista: Médico Cirujano por la Universidad de Cartagena y especialista en Psiquiatría de la Universidad de Antioquia. Profesor – Investigador del Departamento de Psiquiatría en la Universidad Libre de Colombia.




