El pasado fin de semana festivo hemos celebrado la solemnidad de todos los santos y los fieles difuntos. Aceptar que nuestra existencia es finita es un logro grande de la conciencia. Una visita al cementerio nos enseña que somos seres con fecha de caducidad, y que debemos vivir en función de valores que permitan que nuestra vida sea un oasis de felicidad. De todos modos, hay tres cosas que el ser humano no le gusta hablar, y menos pensar: la realidad del dolor y del sufrimiento, La muerte y perdonar. A Nadie le gusta morir, porque amamos vivir. Por eso la recomendación de vivir cada día lo mejor posible, es mucho más que algo cursi, o un discurso moralista. En ese sentido, La certeza de la muerte es triste pero también es un llamado urgente a comprometerse con las partes de la vida y las personas más significativas y abandonar tan pronto como se pueda, todo lo que estorba, lo frívolo y superficial.
Ver a la muerte a la cara es enfrentar nuestra fragilidad existencial. Pensamos que tendremos tiempo para vivir mejor y también para morir bien. Y posponemos las cosas y nos convencemos de que después es siempre el mejor momento, solo para descubrir que muchos mueren y que nosotros podemos morir sin haber vivido. Nunca nos olvidemos que tenemos un hoy, pero no tenemos garantizado un después o un mañana. Por eso hagámosle caso a los sabios dichos de la Universidad del Pueblo que nos enseña que no dejes para mañana lo que puedes y debes hacer hoy.
Cuantas personas han postergado gestos de afecto, de perdón. Y cuantas más han postergado un abrazo, un beso, tantas cosas que hubiera querido decir o hacer, pero ya es tarde.
El día de todos los santos nos recuerda a los creyentes la aspiración más apremiante de todos los bautizados: ser santos. Cuando queremos entender y comprender el significado de algo que juzgamos tan inalcanzable, preguntemos a los niños que son tan llenos de sencilla sabiduría. Una vez un niño me dijo que ser santo es ser bueno y hacer cosas buenas. Para mí la mejor definición de Santidad que escuché en toda mi vida sacerdotal. Concluyo que al final la santidad está al alcance de todos: Ser buenos y hacer cosas buenas. Y de eso se trata de la vida, una opción continua entre el bien y el mal, entre ser bueno o malo y hacer cosas buenas o hacer cosas malas.
Los que creemos en la vida después de la muerte, sabemos que existen tres estados: el cielo, el purgatorio y el infierno. Ambos dependen del modo como vivimos nuestra vida, nuestras acciones, nuestras relaciones interpersonales, nuestros comportamientos, sentimientos etc. Lo más enfermizo es convencerme, y convencer a los demás que mis malas acciones, mis malos sentimientos, mis malas decisiones y malos sentimientos, son buenos. Ese es el tipo de lenguaje que se desea pasar en la sociedad y que, en el lugar de construir una cultura de la vida, desean imponer la cultura de muerte. Viva siempre como si fuera el último día de su vida, verá que dará importancia a lo que realmente vale la pena y abandonará todo lo que no sirve. Tenemos un hoy pero no está garantizado para nadie el mañana.




